Nuestra respuesta

La búsqueda de Dios

por Miguel Angel Singh

 
 

Viene de Dios nos busca.

Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, Para ver si había algún entendido, Que buscara a Dios. (Sal 14:2)

EL CONTEXTO SOCIAL

Vivimos en una sociedad condicionada por la búsqueda del placer, el confort y el materialismo. La mayoría de las personas vive atropelladamente, acuciada por alcanzar metas. Metas relacionadas con algunas de las pautas impuestas por una humanidad que confundió la felicidad con los bienes que se poseen. Se lucha por alcanzar cierto nivel de comodidad, lujo y posesiones.

Se persigue el éxito que se mide según la abundancia de bienes y posesiones materiales, independientemente de la forma o medios que se utilizan para lograrlos. Las técnicas de mercadeo nos inducen a comprar continuamente. Dichas técnicas está basadas en la engañosa oferta de felicidad envuelta en electrodomésticos, automóviles cero kilómetro cada vez más potentes o, indumentaria cada vez más lujosa.

Aún la publicidad de comidas o bebidas se sostienen en una oferta portentosa de placer y felicidad. Se nos impulsa a luchar por superarnos, pero esa superación se centra en elevar el nivel o "status" social.

Los valores espirituales o morales quedaron atrás, lo importante es el "nivel" social alcanzado que se valora según los títulos, la apariencia física, o los bienes materiales que se poseen. La vanidad y la figuración ya no son defectos sino metas por alcanzar. El éxito y la fama reemplazaron a la humildad y sencillez en la escala de valores produciendo una desenfrenada carrera y una despiadada competencia por superarse sin importar los valores espirituales, los afectos, los compromisos sociales, el bien común ni las necesidades de los demás.

EL CONTEXTO EVANGELICO

Que lindo sería poder decir que la Iglesia se mantiene ajena a esta atracción mundana que la rodea y afirmada fuertemente en la Roca que es Cristo lucha con todo fervor en contra de esta corriente egoísta y materialista que la rodea. Lamentablemente tenemos que admitir que muchos de los principios y valores mundanos se han introducido en la Iglesia, en lugar de que la Iglesia penetrara en el mundo con su mensaje evangélico de salvación y santidad. Es triste observar como se configuro un estilo de vida evangélico habiendo asimilado usos y costumbres del mundo. Los programas prevalecen a la guía del Espíritu.

El culto se trasladó del pueblo de Dios a la plataforma donde casi "actúan" los músicos y el director de alabanza. El mensaje dejó de ser un llamado al arrepentimiento y entrega a Cristo para transformarse en un lista de ofertas de beneficios que se pueden adquirir casi mágicamente sin ningún esfuerzo ni sacrificio.

Metas como el éxito, la prosperidad o, el logro de bendiciones, reemplazaron el compromiso de dejarlo todo, tomar la Cruz de Cristo y seguir Sus pisadas.

HAY ESPERANZA

Dentro de este marco desalentador hay un alentador brote de esperanza. Esa esperanza se apoya en primer término en la tremenda e inconmovible determinación de Dios en bendecir Su Iglesia. Y luego en la existencia de un remanente de hermanos y hermanas piadosos que hay en todas las Iglesias del Señor. Ese remanente esta constituido por los que no se resignan a una vida espiritual liviana y superficial y, aún con cierta desesperación, buscan y quieren más de Dios.

Hay un resto de creyentes que desean fervientemente mirar el Rostro de Dios para contemplar Su gloria y no detenerse en las manos de Dios de donde vienen las bendiciones, hombres y mujeres cristianos piadosos que buscan al Dador de las bendiciones y no centran su vida de devoción en egocéntricos pedidos de bendiciones o rápida solución de sus problemas.

Este remanente con sed de Dios, del Dios vivo y verdadero, es el auspicioso anuncio de una maravillosa Gloria venidera. En todas las iglesias cristianas hay una expresión de ese remanente que ansía, desea y busca a Dios.

Así como cuando Elías se creía solo y Dios le mostró que aún había siete mil cuyas rodillas no se habían doblado delante de Baal, hay en estos días un grupo de hijos de Dios que, como el ciervo del salmo cuarentaidos que brama por las corrientes de las aguas, así claman en sus almas por el Dios Eterno. Este encuentro está dirigido a esos que quieren más de Dios.

Y también a aquellos que posiblemente vinieron sin saber muy bien porque, pero están hoy aquí. Sea de una manera u otra si hoy Ud. está aquí, no piense que se equivocó al venir, es el Espíritu Santo quien le ha traído, dispóngase entonces a entregarse plenamente a Dios sabiendo que El le está esperando con Sus brazos abiertos para darle abundantemente más y más de El.

El camino al Lugar Santísimo

En la lección anterior hicimos referencia al Tabernáculo como una de las formas en que Dios busca relacionarse con nosotros, el Tabernáculo era "de reunión" reunir es volver a unir lo que en principio estuvo unido y luego, por alguna causa, se separó. Acerca de esta fuerza que trata de unirnos a Dios, san Agustín dijo estas palabras tan hermosas:

"Tú nos hiciste para ti, y nuestros corazones no podrán descansar tranquilos hasta que no descansen en ti"

Hay un deseo poderoso dentro del corazón humano que desesperadamente clama por Dios, mientras ese lugar no sea llenado por Dios el corazón siempre estará vacío, ansioso, y sin paz. El camino para encontrarse con Dios está trazado y las puertas del Trono de Dios están abiertas:

Heb 10.19 Teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de Jesús.

El Tabernáculo estaba dividido en dos partes. Por el atrio, donde se ofrecían los sacrificios por los pecados se entraba al Lugar Santo donde se encontraban diversos utensilios como el candelabro, la mesa de los panes, y el altar de oro donde se quemaba incienso que eran las oraciones de los santos. Luego estaba, el Lugar Santísimo donde estaba el arca del pacto recubierta de oro. Un pesado velo separaba un lugar del otro. Sobre el Arca estaba la Gloria de Dios, allí estaba Dios. Al Lugar Santísimo solo podía entrar el sumo sacerdote una sola vez al año. Ese velo que separaba el Lugar santo del Santísimo es el que se rasgó de arriba abajo cuando Jesús moría en la Cruz, (ver Lc 23.45).

¿Qué significado tiene que el velo se haya rasgado?

Uno muy profundo es que a partir del sacrificio de Cristo en la Cruz ahora en su Nombre todos podemos entrar a la presencia de Dios y contemplar su Gloria en plena comunión con El. Jesús con su muerte por nuestros pecados nos hizo a todos sacerdotes que con toda libertad y confianza podemos entrar al Trono de Dios.

COMENZANDO LA BUSQUEDA

No nos gusta buscar. Cuando algo se nos pierde, durante el tiempo en que lo estamos buscando nos enerva, pensamos que es tiempo perdido, que no estamos haciendo aquello que nos habíamos propuesto y cuanto más tiempo pasa; hasta encontrar lo que perdimos, más nerviosos nos ponemos. Puede pasar que el apuro y el nerviosismo que nos embargan pueden cegarnos de tal manera que pasamos por al lado de lo que estamos buscando y no lo vemos.

Muchas veces, cuando encontramos lo que estábamos buscando con tanto ahínco, pierde su atractivo, la alegría es solo momentánea, lo agarramos casi rabiosos, pensamos ¡Donde te habías metido! y seguimos adelante, apurados por hacer lo que nos habíamos propuesto, desesperados por recuperar el tiempo desperdiciado.

¿Y con Dios, como andamos? Con tristeza tendremos que admitir que, a veces, tenemos la misma conducta. Apurados, ansiosos, hasta nerviosos, nos acercamos a Dios para pedirle, que no está mal, aunque la inquietud de la necesidad tiñe todo el encuentro, y Dios puede quedar reducido solo a un medio, un instrumento para lograr lo que deseamos, olvidando que El es el Ser Supremo, Soberano, Perfecto; al que le debemos Honra y Gloria. Es razonable que busquemos a Dios en la desesperación, pero lo terrible es que aceptamos resignadamente que esa sea la vida normal del cristiano. La búsqueda de Dios debería ser lo natural, y aún mucho más que lo natural, en la vida de todo hijo de Dios. Buscar a Dios debería ser nuestra ocupación principal, pero…Dios va quedando atrás; atrás de nuestras necesidades urgentes, atrás de nuestros propios intereses, tristemente atrás.

Jesús nos exhorta a buscar primero el Reino de Dios, porque las demás cosas son añadidura, entonces ¿Por qué entonces no hacemos primero, lo primero?

Estamos muy influenciados y presionados por una sociedad que exalta la eficacia y busca rápidamente tener lo que necesita, todo tiene que rendir, dar resultados concretos que se puedan medir y evaluar con toda claridad y precisión. Vivimos presionados tras el logro de resultados. Pero, gracias a Dios hay otra alternativa, como bien lo expresó W. A. Tozer:

Por encima de ruidos y egoísmos
Hijo del Hombre, oímos hoy tu voz.

Otro ingrediente, abundante en demasía, de una íntima relación con Dios es la religiosidad, esto es la apariencia externa de una relación con Dios que dista mucho de ser verdadera y genuina. Jesús señaló esta actitud espiritual con total claridad:

Mt 6.1.21 1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. 2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 3 Más cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, 4 para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. 5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. 7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. 8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. 9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. 14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. 16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, 18 para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. 19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Mat 6:21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Jesús señala cuatro situaciones donde se manifiesta la misma actitud:

  • a) La justicia.
  • b) La ofrenda, (limosna).
  • c) La oración.
  • d) El ayuno

Y a todas las identifica en una sola palabra: "hipócritas". Claro que la palabra es dura y el juicio del Señor terminante para los que obran de esa manera: "…ya tienen su recompensa." Esta hipocresía, la de una "apariencia de espiritualidad" que indignó tanto a Jesús, es tan abundante, o más, hoy que en los tiempos de Jesús. Pero lo más importante es el vv. 21 que es la conclusión:

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

El Maestro explica dónde está el problema, el corazón. Puede haber entonces una gran distancia entre las apariencias externas y lo que efectivamente hay en el corazón hacia Dios. Nos interesa en este estudio encontrar y seguir la ruta del corazón, el lugar de la verdadera unidad en el espíritu con Dios para una comunión profunda y real con El, y apartarnos de esa religiosidad conformada por reunionismo, alabanza que es vanagloria, adoración que en lugar de quebrantamiento y humillación en el espíritu se confunde con música lenta, y otras manifestaciones exteriores de una espiritualidad que solo es eso exterior y aparente. ¿Qué hacer entonces? Hay para el creyente simple y sencillo una hermosa opción, buscar a Dios. Ante todas estas desviaciones y condicionamientos la buena noticia es que hay dentro de la Iglesia Cristiana un buen número de creyentes que no se conforman. Luchan contra el tedio, la rutina y la superficialidad de sus propias vidas, caen y vuelven a levantarse, vuelven a empezar, vez tras vez, pero no se resignan, no se adaptan, no se dan por vencidos, no se conforman.

El conformismo es el mayor enemigo de la vida espiritual profunda en Dios.

Quien se conforma, es decir, se adapta; toma la forma de lo que le rodea. Como ocurre con el hierro, que cuando es fundido adopta la forma del molde en que es vertido, el que en la vida espiritual se conforma, se estanca. Quien se queda con lo que tiene pierde, triste y lamentablemente, la posibilidad de tener más de Dios. Ante la infinitud de Dios, lo inconmensurable del Amor de Dios, la grandeza de su gracia, la prolongación si fin de Su Misericordia, es saludable tener una firme actitud de rechazo a quedarse, al conformismo y el quietismo. La apatía espiritual que nos llevará inexorablemente a una vida espiritual tediosa y rutinaria.

CONDICIONES BASICAS PARA RELACIONARSE CON DIOS

Muchos suponen que lograr una íntima relación con Dios no es para ellos. Piensan que solo algunos pueden lograrlo, como si la comunión íntima con Dios fuera un privilegio otorgado solo a algunas personas especiales, o para ciertos "elegidos".

Es un grave error pensar así. Es un error racional y es un error bíblico. Decimos que es un error racional porque aún solo por medio de la razón podemos darnos cuenta que está equivocado quien piense así. Vamos a considerarlo entonces, en principio, simplemente desde el punto de vista de lo racional. Dios es el Creador de todas las cosas. El hombre es la cumbre de Su capacidad creativa. No somos entes abstractos que aparecieron sobre la tierra por pura casualidad. Somos criaturas de Dios. Dios es un ser moral, recto y justo, responsable de sus actos y consecuente en todos sus hechos. ¿Podemos pensar entonces que Dios después de haberlos creado, puso al hombre y la mujer sobre la tierra y los abandonó a su suerte? No de ninguna manera, si así fuera entonces Dios no sería un Dios de amor como lo es, sino que sería un mero ídolo, quizás fruto imaginario de la misma mente humana.

Consideremos el caso de una empresa humana que fabrica cualquier producto, supongamos una maquina lavadora de ropa. ¿Acaso no viene ese producto acompañado de un manual con las instrucciones de cómo debe de usarse, y, una garantía con que la empresa se hace responsable por cualquier defecto de fabricación, y, además un listado de lugares donde podemos recurrir para que nos reparen correctamente el desperfecto si lo máquina falla o se descompone? Entonces si una empresa humana tiene esa conducta, ¿Cómo un Dios que es Amor, justo y recto en todos Sus obras no va a mantener una relación con Sus criaturas?

Ahora consideremos el asunto de la relación con Dios, aunque sea someramente, según lo que nos dice la Biblia. Tomemos las palabras de Jesús cuando enseña a Sus discípulos a orar. El se dirige a Dios diciéndole, "Padre nuestro que estás en los cielos…" (ver Lc 11.2)

Dios es nuestro Padre, en Cristo somos hijos de Dios. Pablo nos dice en Ro 8.16, El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

En Heb 2.11 dice, "Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, (es decir, hermanos de Cristo, por lo tanto hijos de Dios). Por supuesto hay infinidad de pasajes que nos confirman que somos hijos de Dios, pero valgan los ya citados como sencillos ejemplos.

Entonces, ¿Podemos pensar que Dios es un Padre que no guarda o no le interesa tener relación con Sus hijos? De ninguna manera. Quede claro entonces que Dios, que no hace diferencias entre sus hijos, tiene la firme decisión de tener una profunda y continua relación con cada uno de sus hijos como un buen y Amoroso Padre que es.

Lo que ocurre es que el pecado ha levantado un abismo entre nosotros y Dios, ese pecado nos agobia, pesa sobre nosotros, nos produce miedo y lo más grave, nos separa de Dios. Pero, para eso vino Cristo, que con Su sacrificio en la Cruz nos lavó de nuestros pecados y Dios nos perdonó por creer en El. Entonces en Cristo tenemos entrada a la Presencia de Dios ante quien podemos entrar confiadamente, (ver Heb 4.16)

De lo que venimos diciendo se desprende la primera condición para poder tener una íntima y profunda relación con Dios:

1. Tenemos que dejar de pecar

Si no vamos a tener esta firme actitud acerca de nuestro pecado, no vamos a crecer en nuestra relación con Dios y vamos andar siempre a los tumbos, si no nos apartamos de pecado andaremos continuamente en el subibaja espiritual en que viven mucho cristianos, sin profundizar y sin llegar a conocer a Dios sino solamente de una manera superficial y esporádica que no producirá un crecimiento en el conocimiento de Cristo constante y eficaz. La segunda condición es,

2. Debemos de entregarnos a Dios

Me adelanto a pensar que muchos dirán, ¡Pero, si yo hace mucho tiempo me entregué al Señor! Y le creo, pero no confundamos, no me estoy refiriendo a la experiencia inicial cuando alguna vez, quizás hace mucho tiempo, por una predicación, o, porque un hermano nos guió en oración y repitiendo lo que conocemos como, "oración de entrega" pedimos perdón por nuestros pecados y entramos en el Camino. Esa experiencia es plenamente válida y tiene tremenda importancia, pero, es solo un comienzo, un hermoso comienzo. La entrega a la que me refiero en este caso es una entrega total, completa y definitiva a Dios. No nos reservamos nada, nos arrojamos en las manos de Dios y morimos a nosotros mismos. Como Pablo lo dice:

"Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más Cristo vive en mí, y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." (Gal 2.20)

La tercera condición es:

3. Integridad

Tenemos que mostrarnos a Dios tal cual somos, sin disimulos ni apariencias. Hemos elaborado un mecanismo perverso mediante el cual proyectamos una imagen de acuerdo a lo que lo que deseamos que los demás piensen o crean de nosotros. Como buscamos la aprobación de los demás, nos condicionamos de manera de lograr que los demás hablen bien de nosotros, nos acepten y nos consideren. Pero no tenemos que hacer así con Dios, (Por supuesto que tampoco debemos de hacerlo para con los otros, pero es imposible que logremos de sanar estos complejos, y mostrarnos tal cual somos si primero no lo hacemos con Dios).

Por otro lado, es muy ingenuo pensar que podemos engañar a Dios, El todo lo sabe y conoce lo más íntimo de nuestro corazón. Veamos sino lo que nos dice Su Palabra:

Sal 11.4…Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres.

Sal 94:11 Jehová conoce los pensamientos de los hombres, Que son vanidad.

Sal 139:2 Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos.

Sal 139:4 Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.

Es inútil querer engañar a Dios, cuando lo intentamos, autojustificandonos por medio de explicaciones que tratan de disimular lo malo que hay en nosotros lo único que ganamos es engañarnos a nosotros mismos. Tomemos entonces la firme decisión de decirnos la verdad y decirle la verdad a Dios tal cual como es, el salmo nos lo enseña así,

Sal 15.1 Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? 2 El que anda en integridad y hace justicia, Y habla verdad en su corazón.

Y la cuarta condición es:

4. Dedicación

Para conocer a una persona hace falta tiempo. Tiempo y mantener un reiterado contacto con esa persona. Así ocurre en las relaciones humanas. Si nos presentan a alguien, recién allí comienza una relación, dependerá si la cultivamos y la mantenemos si esa relación se profundiza o no. Si después de la presentación no vemos más a esa persona, la relación ahí queda. Si la vemos de vez en cuando, iremos conociendo algo más de ella, pero de todas formas el conocimiento mutuo no será superficial. Solo si nos vemos frecuentemente y pasamos mucho tiempo juntos nos iremos conociendo cada vez más.

Con Dios es lo mismo, conocerle lleva tiempo. Tiempo diario y años de esa relación diaria nos llevarán a ir conociendo cada vez más profundamente a Dios. Muchos van a Dios solo cuando les aprieta el zapato, es decir cuando tienen problemas, cuando necesitan algo o cuando les oprime alguna situación grave, económica, salud, problemas en el trabajo o en la familia, pero cuando resuelven el asunto se olvidan de Dios y solo vuelven a El cuando están en otro problema grave.

Esa forma de vida cristiana es egoísta y no redunda en el conocimiento de Dios, lamentablemente Dios se transforma en un bombero que lo utilizamos para apagar nuestros incendios y después no lo vemos por un tiempo. Esa forma de vida, lamentablemente frecuente en la iglesia del Señor, requiere:

  1. Arrepentimiento y…
  2. Cambiar,

Dos actitudes que son parte fundamental del tema que estamos tratando


APENDICE

No sabéis lo que pedís

En las respuestas a nuestras oraciones, también está la mano formadora de nuestro Dios.

Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.

Mateo 20.22–23

En Juan 14 y 15 Cristo reiteró varias veces a sus discípulos esta promesa: «Todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.»

Más allá de la condición establecida, no ha dejado de ser una declaración que ha inspirado a generaciones de sus hijos animándoles a orar en toda circunstancia y en todo momento. Dentro del ámbito de la iglesia no siempre hemos entendido cuánto peso tiene el hecho de que nuestras oraciones deben ser «en su nombre».

Con una inocencia que a veces raya la necedad, hemos creído que cualquier petición que hagamos nos será concedida siempre y cuando agreguemos la frase «mágica» al final de nuestra petición: «y esto lo pedimos en el nombre de Jesús».

El verdadero sentido de esta condición se puede entender mejor si nos imaginamos a un padre que le dice a su hijo: «ve a decirle a mami que necesito las llaves del auto». El niño corre a su madre y le da el mensaje que le ha dado el padre. El mensaje no es del niño, es del padre. El niño solamente hace las veces de vocero para el padre.

De la misma manera, pedir algo en el nombre de Jesús es elevar al Padre una petición que el Hijo haría por sí mismo si estuviera presente. Muchas de nuestras oraciones no reciben respuesta porque no cumplen con esta condición fundamental: no estamos pidiendo lo que Cristo pediría si estuviera con nosotros. Aun así, la oración no es una actividad que tiene como única finalidad asegurar una respuesta de parte de Dios.

La oración, la más misteriosa de las disciplinas espirituales, nos introduce en una actividad en la cual somos transformados por el mismo proceso de hablar con el Padre. En este sentido, San Agustín astutamente observa: «el que buscó, ya encontró».

Lo encontrado radica en el proceso de orar, no en la respuesta.

No obstante, debemos afirmar que en las respuestas también está la mano formadora de Dios.

En su sabiduría, él a veces nos da lo que pedimos, aunque «no sabemos» realmente «lo que estamos pidiendo». Nuestra insistencia es tal, no obstante, que el Señor nos concede lo pedido. A los israelitas les concedió un rey, pero no era lo que necesitaban. A los hijos de Zebedeo les concedió beber de su misma copa, aunque significaba algo totalmente diferente a lo que ellos tenían en mente.

De la misma manera a nosotros a veces nos responde, aunque no hemos orado con sabiduría. Su respuesta no implica su aprobación, sino la existencia de una lección por aprender.

Para pensar:

Si se diera el caso de que Dios estuviese obligado a darnos todo lo que pedimos, yo, en primer lugar, nunca más oraría, pues no tendría suficiente confianza en mi propia sabiduría para pedirle cosas a Dios. J. A. Motyer

COMO EMPEZAR

Pero, no quiero quedarme con los planteos y proponer una solución a esta cuestión. Para empezar hay que cambiar. Si no cambiamos seguiremos igual. Y para cambiar lo primero es decidirse a hacerlo. Vamos a tomar la resolución y decirlo: ¡Voy a buscar a Dios!

A partir del momento en que tomamos la decisión e buscar a Dios para encontrarnos con El, ya estamos cambiando.

¿Y después? No podemos quedarnos solo con la decisión, tenemos que hacerlo. Pero, ¿Hacer que?

Puede ser que el primer día no sepas que hacer, al fin, ¿Qué es buscar a Dios?

Bueno precisamente eso, decirle a Dios: ¡Dios vine a buscarte, aquí estoy! Podrá parecerte demasiado simple, pero te animo diciéndote que es simple, Dios no es difícil de ser hallado. Como el quiere que le busquemos El lo hace fácil para que todos podamos hacerlo. Cuando te llegues a Dios en esa sencillez para tu asombro Dios te dirá que hacer. Pero, si Dios no dice nada, no hagas nada.

Pero, querido hermano, eso ya no es no hacer nada, ¡Es estar con Dios! La más maravillosa experiencia que puede vivir un ser humano. Estar en comunión con Dios. Recordemos que estamos hablando de buscar a Dios por el mismo, por amor a El y no por lo que El pueda darnos, aunque nos dará abundantemente si le buscamos.

Estamos muy presionados por lo concreto, los resultados, la eficacia, el rendimiento, la practicidad, a todo esto se le agrega el apuro, el ruido y, muchas otras cosas más, pero tenemos que hacer el esfuerzo y despojarnos de todas estas cosas para estar con Dios. Nuestro objetivo es aprender a estar con Dios, experimentar de Su bendita presencia y aprender a estar en esa presencia cada segundo de cada uno de nuestros días.

Lo que hacemos en este encuentro es un comienzo, como para empezar, pero, para empezar una maravillosa experiencia que va a invadir todo tu ser, toda tu vida y todo lo que hagas. Somos un pequeño grupo de hijos de Dios que con toda sencillez y humildad venimos a buscar a Dios. Somos principiantes, todos, confesamos nuestra ignorancia y por sobre todas las cosas nuestra necesidad y deseo de conocerle más y más profundamente.

Al mismo tiempo que nos reconocemos ignorantes y necesitados, confesamos que aborrecemos el pecado y queremos apartarnos de él. Con la misma fuerza y deseo que empleamos para acercarnos a Dios nos interesa apartarnos del pecado. Emprendemos la búsqueda de Dios como una gran aventura, maravillosa aventura para la que contamos con nuestro corazón entregado a Dios y Dios mismo.

Dios desea tener una profunda comunión con cada uno de sus Hijos e hijas. El es generoso y se brinda plenamente a quien le busca sinceramente.

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos dará también con El todas las cosas" Ro 8:32

Vamos a echarnos en los amorosos brazos de nuestro Padre Celestial y disponernos a pasar tiempo con El para disfrutar de Su Gloriosa presencia para lo cual nos ayudará la siguiente oración escrita por Carlos de Foucauld que vivió entre los años 1858 al 1916:

ORACION DE ENTREGA

Padre mío, me abandono a ti.
Haz de mi lo que quieras.
Lo que hagas de mi te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.

Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.

Te la doy Dios mío, con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tu eres mi Padre.