La pildorita mágica

 

por Nora Singh

 
 

Todas las mañanas al levantarme cuando recién está aclarando, debo tomar una pastilla que me recomendó el cardiólogo y otros medicamentos para ayudar al mejor funcionamiento del corazón y de todo mi cuerpo. A los setenta años es normal que así sea. Lo que no ha sido normal en estos setenta años es no haber aprendido algo tan sencillo y maravilloso que experimente hace solamente unos años atrás, con respecto a mi relación con Dios.

Nací, gracias al Señor en un hogar cristiano. Mi mamá deseando conocer más de Dios e insatisfecha con lo recibido del catolicismo, encuentra un grupo de hermanos evangélicos que le ayudan a tener un encuentro profundo con ese Jesús personal que estuvo buscando por tanto tiempo. A partir de allí siguieron juntos con papá el camino del Señor hasta el día que El los llamó a su presencia a los noventa y tres años.

A los pocos años de casados llegamos nosotros cuatro, sus hijos. Yo la mayor.
Recuerdo que entre los dos y tres años, entre mi abuela materna y mi mamá me enseñaban el Padrenuestro. Mucho no entendía lo que quería decir, pero no tengo la menor duda que mi espíritu si lo recibía y lo grabaría para el resto de mi vida. A medida que fui creciendo, lo fui memorizando, y también dejándolo de orar, porque en la Iglesia evangélica se elevaban otro tipo de oraciones que no contenían “vanas repeticiones”. Así es que poco a poco fue quedando en el olvido. Lo que no quedó en el olvido fue el espíritu de oración que recibí de mi madre y de mi abuela, ya que desde muy pequeña me enseñaron la relación con Dios a través de sus vidas. Ambas eran mujeres de oración. Una a lo “católico”, digo yo, la otra a lo “evangélico”, pero las dos estaban llenas del Espíritu Santo y de Oración. Por eso marcaron mi vida, y me llevaron a esta búsqueda de Dios en la cual me siento sumergida.

Volviendo a mi relato del principio, una de esas mañanas que me levanté para realizar mi rutina médica, corrí las cortinas de mi cocina para ver el amanecer y a pesar de hacerlo siempre, ese día lo vi tan hermoso y sentí tan profunda la presencia del Señor, que lo único a que atiné fue a repetir lentamente el Padrenuestro. Sentí que Jesús me decía “vosotros orareis así…”

Me di cuenta que allí estaba todo lo que necesitamos decirle a Dios como Padre y también todo lo que Dios quiere decirnos a nosotros como hijos, como así mismo las condiciones que debemos reunir para recibir su Bendición.

En eso estaba cuando un día se me cruzó un pensamiento: ¿Qué pasaría si dejo de tomar esta “pastillita mágica”? ¿Me muero? ... y... No lo sé, tal vez no sea tan repentino, pero si se va a producir un notable deterioro que me llevaría a eso.

En el mismo momento el enemigo me susurraba al oído
- "¿Te sirve de algo repetir todos los días la misma letanía?... Sos religiosa. Lo haces para justificar que le estás dando a Dios el primer momento de tu día, pero decí la verdad, no sentís nada".

Como con la pastillita del médico, al tomarla no siento nada. Pero ¿si la dejo?...
Volví en mí. Levantando mis ojos al cielo dije "Padre, gracias por enseñarme esta oración tan perfecta. Gracias por el PADRENUESTRO, la pastillita milagrosa para mantener mi vida espiritual sana, fuerte y victoriosa hasta que llegue a tu presencia. Gracias porque aunque no “sienta nada”, sos Real cada día y estas esperándome cada mañana cuando abro mi ventana y te veo en los árboles de mi parque y en los pájaros que vuelan de un lado a otro cantando y alabando tu Nombre, en el sol, que aparece, o en las nubes, que anuncian lluvia, o en las flores que adornan mi jardín".

Cada día es diferente para mí desde que tuve conciencia del poder que tiene esta oración de Jesús, aunque a veces me parezca que no pasa “nada”.

Llegué a la conclusión que esta “pastillita mágica” produce una agradable adicción que da Verdadera Vida. ¡Les invito a probarla!