Me he calmado 1

 

 
 

SALMO 131

1 Dios mío, yo no me creo más que nadie,
Ni miro a nadie con desprecio;
No hago alardes de grandeza,
Ni pretendo hacer grandes maravillas,
Pues no podría llevarlas a cabo.

2 Más bien, me he calmado;
Me he tranquilizado
Como se tranquiliza un niño
Cuando su madre le ha dado el pecho.
¡Estoy tranquilo como un niño
Después de haber tomado el pecho!

3 Israel, ¡pon tu esperanza en Dios ahora y siempre!



El camino sencillo
Cuando Charles Spurgeon predicaba este salmo, decía que “era uno de los salmos más cortos para leer, pero uno de los más largos de aprender”.

Cuando transitamos por el camino de la fe parece que estuviéramos siempre tambaleándonos de un lado al otro. En una de las curvas del sendero, aparecen problemas increíbles y emergencias aterradoras. Las enfrentamos, tomamos las cosas en nuestras propias manos para encargarnos de la situación, diciéndole a Dios: “Gracias, pero no te necesito. Nosotros nos ocuparemos de esto.” En la siguiente curva, nos sentimos abrumados y corremos en estado de pánico a alguna clase de religión infantil que nos resolverá todos los problemas, liberándonos de la carga de tener que pensar y de la dificultad de escoger. Somos, alternativamente, fugitivos rebeldes y bebés lloriqueantes. Peor aún, poseemos numerosos así llamados expertos que nos estimulan a tomar uno u otro de esos caminos.

Los expertos en nuestra sociedad que ofrecen ayudarnos tienen una clase de mentalidad de estado mayor a partir de la cual emiten soluciones masivas y verticalistas para resolver nuestros problemas. Luego, cuando las soluciones no funcionan, nos enlodamos en el pantano del “no hay nada que se pueda hacer”. Primero nos incitan a ser ambiciosos y luego nos intimidan a que seamos infantiles. Pero existe una manera diferente de hacer las cosas: el sencillo camino de la serena humildad cristiana.

Necesitamos que se nos pode. Reducidos a nuestras raíces, aprendemos este salmo y descubrimos la tranquilidad del niño destetado, la tranquilidad de una confianza madura. Es un salmo tan minúsculo que muchos lo han pasado por alto. Pero, a pesar de su brevedad y falta de pretensiones, es esencial. Es esencial para todo cristiano que enfrenta problemas de crecimiento y dificultades del desarrollo.

Varios años atrás, Peter Marin hizo una observación aguda, muy al estilo del espíritu que prevalece en el salmo 131:
“Existen condiciones culturales para las cuales no hay soluciones; giros tan profundos y complejos del alma que ningún sistema los puede absorber o contener. ¿Cómo podríamos haber resuelto la Reforma? ¿O La Roma del primer siglo? Uno acomoda y ajusta, sueña con el futuro y realiza planes para salvarnos a todos, pero a pesar de todo ello, lo que aparenta tener mayor importancia son las acciones privadas e independientes que se convierten en algo más necesario cada día: las maneras que encontramos como individuos privados de restaurarnos mutuamente las fuerzas que deberíamos tener ahora-ya sea para llevar a cabo la clase de revolución que necesitamos o para sobrevivir la reprensión que parece probable… lo que nos salva como hombres y mujeres es siempre una cierta clase de testimonio: la calidad de nuestras propias acciones y vidas.”

Y eso es lo que promociona el salmo 131: una cierta confianza serena y una entereza tranquila que conoce la diferencia entre la arrogancia rebelde y las aspiraciones fieles; que sabe como discriminar entre la dependencia infantil y la confianza semejante a la de los niños, y escoge ansiar y confiar—y cantar: “Me he calmado; me he tranquilizado como se tranquiliza un niño cuando su madre le da el pecho. ¡Estoy tranquilo como un niño después de haber tomado el pecho!"


1. Tomado de “Una Obediencia Larga en la Misma Dirección”, de Eugene H. Peterson