Perdón por unas canas 1

por Alessandro Pronzato

 

 

Marcos 10:13-16
Mateo 18:1-5
Juan 3:3


La escena ha inspirado a multitud de artistas de todos los calibres, que la han inmortalizado (es un decir) en miles de cuadros.
Pero el episodio se ha hecho inmortal, debido más que a los pintores, muchos de ellos responsables de figuras acarameladas, a la pluma de Marcos, el único de los sinópticos que ha conjugado la dureza de algunas frases con ese final lleno de delicadeza y de ternura. Desde luego debió de ser una escena muy movida.

Marcos se la oiría contar muchas veces a Pedro, el principal responsable seguramente de la indignación del maestro. Los discípulos, con Pedro a la cabeza, se preocupan del orden en el auditorio. Pero aquella invasión repentina de mocosuelos, acompañados sin duda de sus madres o de sus abuelitas, produce un desbarajuste.

¿Qué quieren estos chiquillos? Ellos no entienden ni pueden entender la predicación del evangelio. Y eso, al fin y al cabo, es lo de menos. Lo peor es que con sus movimientos y gritos impiden oír a los demás. Pues, ¡fuera con ellos! En este momento es cuando explota la indignación del maestro. Jesús llega a enfadarse de verdad.
Querían alejar de allí a los clientes privilegiados de su reino; mejor dicho, a los únicos que entrarán en él. Y naturalmente pone las cosas en su punto. Que quede bien claro: el suyo es un pueblo de niños.

Jesús ama a los niños. Y tiene motivos para ello.

Amo a los niños pequeños, dice Dios, porque mi imagen aún no se ha desfigurado en ellos.
No han deteriorado mi semejanza, son como nuevos, puros, Sin tachaduras, sin borrones.
Por eso, cuando dulcemente me inclino sobre ellos, me encuentro a mí mismo.
(M. Quoist)

De vez en cuando llega a nosotros la noticia de que un loco ha entrado en un museo y ha destrozado una obra de arte. Por pura manía de estropear.
¡Cuántas veces nosotros repetimos el mismo gesto criminal! Nadie se da cuenta. Ninguno nota las fatales consecuencias externamente. Pero, en la oscuridad, con fría determinación, nos empeñamos en desfigurar la imagen de Dios, que llevamos dentro.
Cada uno de nosotros va arrastrando por la vida una maravillosa obra de arte ...destrozada.
El hombre, ¡ese iconoclasta! No por fuera, pero sí en el secreto del corazón. Que es mucho peor. La mirada de Cristo que penetra, que no se detiene en los acicalamientos. Que no se deja engañar por el simple barniz externo. Que profundiza dentro. Con ansia. Buscando su propia imagen.
Amarga sorpresa la suya cuando tropieza con un imbécil. Tremenda desilusión al encontrar su propia imagen totalmente desfigurada.

¿Qué has hecho? (Gén 4:10)
Pues él conocía lo que hay en el hombre. (Jn 2:25)

Sí, los hombres adultos son un verdadero desastre. No se puede esperar ya nada de ellos. Se tienen por sabios. En realidad no han aprendido otra cosa más que a estropearlo todo.
Por eso precisamente a Jesús le gusta verse rodeado de chiquillos. Sus ojos están cansados de ver ruinas por todas partes, de toparse siempre con inconscientes.
Los niños están siempre “nuevos”, limpios. No han aprendido a traicionar, a desdibujar su semejanza. Cristo se puede mirar en ellos.


La infancia es el mayor grado de madurez

El reino de Dios pertenece a los que son como ellos.
El que no recibe el reino de DIOS como un niño no entrará en él.


El pensamiento de Cristo oscila, con el ritmo de un péndulo, entre dos extremos. En cada uno de los dos extremos la imagen del reino en una relación mutua. El reino que llega a nosotros como una propuesta que podemos aceptar o podemos rechazar.
El que un día podamos llegar al reino está condicionado a la acogida que prestemos al reino que viene a nosotros. La única buena acogida consiste en recibirlo como niños.

Pero ¿qué quiere decir como niños?

¿No hay, tal vez, oposición entre la exigencia de una fe adulta y la necesidad de recibir el reino como niños?
Precisemos.

1. Jesús dijo: Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos.
No se trata de «permanecer” niños, sino de «hacernos» como niños. Lo cual significa una conquista, un progreso; no un estancarse o volver hacia atrás.
El mayor grado de madurez consiste precisamente en hacemos como niños.
Uno puede considerarse adulto de verdad cuando ha conquistado el espíritu de la infancia.
2. Como niños no es sinónimo de infantilismo. Ni autoriza la puerilidad. Una falsa interpretación de la que ha sido el más espléndido y perfecto ejemplo de lo que Cristo exige a este respecto, santa Teresa del niño Jesús, ha puesto en circulación una doctrina sobre la infancia espiritual, cuyas desenfocadas aplicaciones llevan a un peligroso infantilismo dulzarrón, que se encuentra en la vertiente opuesta del auténtico espíritu de infancia.

Cristianos que no saben dar un paso por su cuenta, sin la ayuda de una excesiva dirección espiritual. Que invocan la autoridad como una protección. Que consideran la obediencia como una abdicación de su propia responsabilidad. Que se consideran dispensados de las grandes resoluciones, o, peor aún, de las consecuencias de tales resoluciones.

Cristianos amanerados, vacíos, siempre irresolutos, que de todo se quejan.

El infantilismo es un ridículo sustitutivo del espíritu de infancia espiritual. Y, como siempre ocurre, el sustitutivo es el más terrible adversario del producto genuino.

Como niños quiere decir precisamente acoger el reino con cándida sencillez, confianza sin restricciones, abandono total, decisión generosa.
Los adultos, sin embargo, están llenos de complicaciones, de pretensiones, de reservas mentales, de sospechosos compromisos.

El adulto, mejor que recibir el reino, «se defiende» del reino.
Porque se considera ya «hecho». El niño «se deja hacer».

La prudencia es el vicio de los viejos

Si uno no nace de nuevo ...
Nicodemo abriría seguramente los ojos con extrañeza al oír esta increíble exigencia de Cristo. Nunca se le había ocurrido pensar, como tampoco a nosotros, en la validez de ese lugar común según el cual «sólo se vive una vez».
Y, sin embargo, Cristo le asegura que se puede vivir dos veces.
Más aún, un cristiano tiene el deber ineludible de nacer una vez más. Tiene que desembarazarse de los años que lleva a cuestas para dar media vuelta y empezar 'a recorrer el camino de la infancia. ¡Ay de los que siguen siendo adultos! ¡Ay de los que se refugian en la seguridad de su prudencia de viejos!

Bernanos ha escrito a este respecto palabras muy duras:

No hay en el hombre nada tan odioso como su pretendida prudencia, ese germen que permanece estéril, ese huevo de piedra que los viejos van guardando de generación en generación, esforzándose por calentarlo de vez en cuando bajo sus flancos helados. En vano intenta Dios convencerles y rogarles con dulzura que abandonen ese ridículo objeto para buscar el oro vivo de las bienaventuranzas. Ellos lo miran tiritando de miedo y con horribles suspiros. Si es verdad como dice el evangelio, que la prudencia es locura, ¿por qué, entre tantas locuras escoger precisamente esa antigualla? Pero «la prudencia es el vicio de los viejos», y los viejos no sobreviven a sus vicios y se llevan consigo su secreto.
 

Los cristianos «viejos», incapaces de seguir el pequeño sendero de la infancia, pretenden presentarle a Dios un programa bien trazado, con todos los detalles bien precisados, y les gustaría que él estampase allí su firma. Dios se ve incapaz de añadirle a ese programa tan bien definido la más mínima propuesta, una propuesta que pudiera trastornar - como él sabe hacerlo - todos los proyectos. Se han construido una coraza, donde no había ni el más mínimo agujero a través del cual pudiera Dios hacer penetrar un germen de «novedad». Y esto es lo que llaman experiencia.

Consideran a la religión como la suma de sus esfuerzos por llegar hasta Dios. Sacrificios, buenas obras, son otros tantos escalones de su escalera. Y van subiendo con fatiga, seguros de alcanzar alguna vez la meta.

No se dan cuenta de que, por el contrario, la religión consiste en esforzarse para permitirle a él llegar hasta nosotros.
No se trata, evidentemente, de quietismo, sino de un trabajo arduo por quitar todo lo que estorba. No somos nosotros los que hemos de llegar a Dios.

Es Dios el que quiere llegar a nosotros. Nuestra misión es no ponerle obstáculos.
No somos nosotros los que construimos, con nuestras manos, la santidad.

Tenemos que «dejarle hacer».
Y para eso es urgente; indispensable, que volvamos a las fuentes, un ressourcement. Esto es, a la infancia.
Solamente allí podremos encontrarnos con Dios. Porque solamente allí se reconoce Dios en su propia imagen.

Vende lo que eres

Aquella advertencia de Cristo de que acojamos el reino «como niños», está colocada después del consejo de la virginidad y antes del de la pobreza.
Pero si la virginidad y la pobreza representan unas condiciones privilegiadas para ver a Dios, la de ser «como niños» constituye una «condición indispensable» para entrar en el reino.
Ve y vende cuanto tienes, le dijo Jesús al joven rico. y ahora me parece que dice - ¡Y esto es más difícil, ya que supone un desapego más doloroso!-:
«Ve y vende lo que eres».

Vende tus complicaciones intelectualísticas. Tus estructuras mentales. Tus compromisos. Tu sentido común. Tu prudencia. Tus vacilaciones. Tu experiencia.
Vende tu cristianismo «prefabricado». Vende lo que eres.
Y volverás a encontrarte con tu infancia.

Solamente cuando te hagas como un niño, podrás hacerte perdonar tus cabellos grises.
Los apóstoles discutían de protocolos. Se preocupaban de los primeros puestos.
Cristo, colocando a un niño en medio de la escena, declara que el más grande es él.
El único primer puesto que importa a los ojos de Cristo es el de la infancia.

Y abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos.

Es una escena que más vale no estropear con nuestros comentarios.

* * *
 

Bernanos repite con frecuencia: «... aquel niño que yo fui».

También podemos decir: «aquel niño que seré». Para que se alegre nuestro Padre.


1. Tomado de "Evangelios molestos" de Alessandro Pronzato