Viviendo con confianza en Dios 1
 
por Richard Foster

 

"Escuchad ahora la Palabra del Señor por medio de su profeta Isaías: Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza." (Isaías 30:15)

Mi interés hoy es hablarles sobre la “confianza”. En realidad, estoy hablando sobre la fortaleza, aunque indirectamente. Deseo describirles de dónde proviene la fortaleza. A través de los años, me ha impresionado profundamente la falta de confianza que tienen las personas, y esto es cierto aún en aquellas áreas en las cuales se supone que son expertos. Cuando sacamos a las personas de sus muy estrechos límites, de aquél ámbito en el cuál sus hábitos les permiten básicamente “dormir” mientras llevan a cabo la rutina, pierden toda la confianza que tenían. De hecho, lo que hoy en día aparenta ser confianza, en realidad no lo es. Se podría describir con mayor exactitud como “inconsciencia”. La confianza es un bien muy escaso hoy en día.

¿Recuerdan lo que el apóstol Pablo le dijo a los corintios? “Así que vivimos confiados siempre.” Siempre confiados. Pero yo dudo que muchos de nosotros podamos decir eso. De modo que deseo analizar la razón por la cual Pablo podía decirlo, y la razón por la cual es algo tan escaso hoy en día. Deseo analizar este asunto llamándoles la atención al texto clásico sobre la confianza que se encuentra en el pequeñísimo libro de Primera de Juan, Y deseo leer desde el capítulo tres, comenzando en el versículo 18.

Comienza así: “Hijitos míos,” – eso me gusta. En un sentido, ¿no somos todos acaso niños pequeños? – “no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios; y todo lo que pidamos lo recibimos de El, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de El. Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios.”

Pero fíjense que en muchos de los lugares donde voy me encuentro con personas cuyos corazones les condenan. Déjenme por favor ser de lo más claro posible sobre esto de que el corazón les condena. ¿Qué es? Es la sensación de que por alguna razón yo no estoy bien. Me encuentro con personas de todas las edades, tamaños y colores con corazones que les condenan. Hay tres cosas que el corazón utiliza para condenarnos. Deseo citarlas, y luego volver al texto para agregar uno o dos comentarios más.

En primer lugar, nuestro corazón nos condena por quienes somos.
Me refiero simplemente al hecho de que somos hombres o mujeres o de que tenemos un tipo de cuerpo en particular. Sentimos que somos demasiado altos o bajos, gordos o flacos, o que tenemos las orejas grandes o demasiadas pecas. ¡Tanta condenación que cargan las personas por el solo hecho de ser quienes son! Nos sentimos condenados por nuestra forma de vestir. Nos sentimos condenados por el olor de nuestro cuerpo. Nos condenamos porque tenemos demasiado cabello. Nos condenamos porque no tenemos suficiente cabello. ¿Cómo haces para escaparle a eso?! No se puede. Verás, es parte esencial de un mundo caído lleno de condenación.

No hace falta investigar esto muy a fondo para descubrir que es una de las estrategias fundamentales del enemigo de nuestras almas para hacernos creer que Dios no es bueno. Somos lo que somos, y por alguna razón lo que somos no es bueno, y por ende, ¿ acaso puede Dios ser bueno?

Y entonces, en segundo lugar, sentimos condenación por el lugar en el cual nos encontramos.
No es solo quienes somos, sino también donde estamos. De modo que yo creo que ésta es un poco más fácil de resolver que la otra, pero es muy poco frecuente hoy en día que uno se encuentre con una persona que se siente completamente bien y a gusto en el tipo de trabajo que tienen o el lugar donde viven o en la familia que integra. Por ejemplo, hay tanta vergüenza en las familias: esposos que se avergüenzan de sus esposas, o ellas de ellos, o padres que se avergüenzan de sus hijos, o hijos de sus padres. Ojalá no fuese así. Ojalá pudiera decirles que es todo imaginario, pero no lo es. ¡Cuántos lugares en los que la gente se encuentra! ¿Mi trabajo? No es bueno. ¿Mi familia? No está bien. ¿Mi casa? No es buen lugar, y yo quedo condenado.

Y por último, en tercer lugar, sentimos condenación por lo que hacemos.
No es simplemente quienes somos y donde estamos, sino también lo que hacemos. Ahora, en este punto debo aclarar que mucha de la condenación está totalmente justificada. ¿Por supuesto, si deseamos condenar a alguien, y estamos buscando una razón en la cual fundamentarnos, podemos encontrarla en todas estas áreas, no es cierto? Condenados por lo que hacemos y por lo que dejamos de hacer. Uno de los motivos por los cuales nos es tan difícil hablar de nuestra fe con aquellos que nos conocen bien es que ellos saben cómo vivimos y saben lo que hacemos y lo que hemos hecho.

Hay condenación por el pecado, por hacer el mal. Esa es condenación legítima, y Jesucristo vino para resolver eso. Pero también hay condenación para cosas que no son pecados, que sólo son errores. Por ejemplo, un fracaso en un negocio, o una decisión equivocada con respecto a una compra, o un trabajo que aceptamos, o el lugar donde vivimos. Fíjense entonces que toda esta condenación se acumula sobre la gente y su efecto es que deja a las personas debilitadas, totalmente faltas de esperanza, totalmente sin fe en Dios más allá del mínimo indispensable que de algún modo les permitirá llegar al cielo cuando se mueran.

Quizá, mientras he estado hablando, se han podido ver a si mismos, condenándose en sus corazones. Si es así, quiero que escuchen atentamente al versículo 20 del tercer capítulo de Iª Juan, porque dice así: “pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.”

Quiero darle dos posibles interpretaciones de este versículo. La primera que probablemente ya la pensaron a causa de que nos es tan fácil creer que Dios es el gran condenador de todos los tiempos, y es que si mi corazón me condena, mi pobre y miserable corazón, ¡qué menos me puede pasar cuando Dios se ocupe de condenarme! Verán, Dios me conoce de una manera tal que a mi corazón le es imposible conocerme. ¿No es acaso esta una verdad aterradora? ¡Sentimos que quizá Dios nos dé con todo!

Pero quiero darles otra interpretación de este versículo, que creo es una interpretación válida. Y es que muchas veces nuestro corazón nos condena por cosas por las cuales Dios no nos condena. He visto personas que se condenan en su corazón porque se casaron, o porque no se casaron. O se condenan porque no tuvieron hijos o porque sí tuvieron hijos. Permítanme recordarles que hay un texto significativo en el cuál Satanás es calificado como el acusador de los hermanos. ¿Ven ustedes entonces que él entiende que la condenación en sí misma destruye? Si él puede lograr que venga sobre ti una andanada continua de acusación, te tendrá derrotado porque dedicarás todo tu tiempo y energía a tratar de vivir con esa acusación. Es por esa razón que es tan importante que escuchemos esta otra interpretación del versículo.

Es importante poder decir que en muchas de esas ocasiones en que nuestro corazón nos condena, Dios es mayor que mi viejo corazón acostumbrado a la acusación. El sabe que no hay nada que condenar, y permítanme decirles que eso se extiende a todos los pecados y tristezas del pasado. Muchas personas han sido perdonadas por su fe en Cristo y su muerte, pero nunca se han perdonado a sí mismas. Nunca han logrado ser liberados de ese viejo y acusatorio corazón. Si sientes que tu corazón te condena hoy, permíteme recordarte que Dios es mayor que tu corazón. ¿Recuerdan que fue dicho de Jesús que él no iba a quebrar la caña cascada, ni apagar el pábilo que humeare? En una oportunidad Jesús dijo, “No he venido para condenar al mundo”. ¡Escuchen eso! ¡Dios es mayor que tu corazón condenador!

Pero permítanme terminar con unos comentarios un poco más prácticos, preguntando qué podemos hacer para desarrollar confianza ante Dios. No es muy complicado. Empezamos allí donde estamos- en el trabajo que tenemos, en las familias que integramos, con nuestros vecinos y amigos. No quiero sonar frívolo, pero es la verdad más profunda en un sentido práctico que podemos y tendremos que aprender en nuestro andar con Dios. Y es que el único lugar en el cual Dios te puede bendecir es justamente donde estás, porque ése es el único lugar donde estás.

¿Recuerdan a Moisés con la zarza ardiente? Dios le tuvo que decir que se quitara las sandalias. El no sabía que era tierra santa. Si tan sólo podemos lograr entender que allí donde estamos es tierra santa. Es allí donde construiremos nuestra vida con Dios, y aprenderemos a caminar con confianza en Dios. “Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza.”


Traducido de http://www.csec.org/csec/sermon/foster_4315.htm#anchor610088 por Elisa G. de Grauvilardel.
 


1. Richard Foster es quizás el quákero contemporáneo más conocido, que ha tenido una importante influencia en nuestras comunidades a través de su libro "Alabanza a la disciplina". Fundador del movimiento de renovación espiritual internacional “Renovare”, afirma que el siglo veintiuno será testigo de una de las cosechas más grandes jamás vista en las misiones cristianas.


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