Confianza despiadada

Entrevista a Brennan Manning
Tomado de Apuntes Pastorales

 

Apuntes Pastorales reproduce una entrevista realizada al autor Brennan Manning, quien ha explorado y enseñado durante muchos años el tema de una espiritualidad sana. Es autor de varios libros, entre ellos El evangelio de los andrajosos (recientemente publicada en español por Casa Creación). Muchos cristianos, según Manning, tienen miedo de que Dios los ame tal cual son.

¿Qué es un andrajoso?

Pues existe un bello pasaje en el Antiguo Testamento que habla de los anawim. En el siglo ocho, antes de Cristo, ellos eran los pobres, los que no poseían tierra ni propiedades. El pasaje afirma que un día el Señor restaurará la prosperidad de ellos. En el siglo seis los Anawim adquirieron un profundo significado espiritual. Ellos representaban a los pobres en espíritu que desplegaban una confianza sin titubeos en Dios y se comprometieron incondicionalmente con el cumplimiento de su voluntad.

En el Nuevo Testamento encontramos el concepto de anawin en aquellos que son testigos del nacimiento del Mesías. Ellos son los pobres, los «nadies», que están completamente al margen de lo que la sociedad considera respetable. Ellos son los pastores, Ana, la anciana de 84 años, o Simeón, el viejo que esperaba el cumplimiento de la promesa. María, por supuesto, también está incluida en este grupo. Ella era consideraba la última y menos significante integrante de una larga descendencia. Ellos son los que verdaderamente son pobres en espíritu. Reconocen su absoluta dependencia de Dios, aún para el aire que respiran. Han echado su suerte con Cristo y se rinden ante la voluntad del Padre. Básicamente esto es lo que significa ser andrajoso.

¿Cuál es la premisa que presenta su libro sobre la confianza?
La idea central se puede resumir en una sola oración: El esplendor de un corazón que confía incondicionalmente en el Señor, y es amado por él, le produce más placer a Dios que la catedral de Westminster, la capilla Sixtina, la novena sinfonía de Beethoven, un cuadro de Van Gogh, el esplendor de 10.000 mariposas en vuelo o el aroma de un millón de orquídeas florecientes. La confianza es el regalo que hacemos a Dios, y él lo encuentra tan atractivo que Jesús estuvo dispuesto a dar su vida por ello.

La confianza es lo que nosotros aportamos a la relación con Dios.
Así es. La confianza y la entrega, como de un niño, es lo que define al auténtico discípulo. La necesidad más apremiante en nuestras vidas es muchas veces la que más se ignora: una confianza, sin vacilaciones, en el amor de Dios sin importar las circunstancias en que nos podamos encontrar. Creo que es esto lo que Pablo quiso enseñar, cuando escribió en Filipenses 4.13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»

¿Cómo podemos saber si realmente confiamos en Dios? La mayoría de las personas dirían que ellos confían en el Señor.

La característica sobresaliente de una vida auténticamente espiritual es la gratitud que fluye de la confianza – no solamente por los regalos que recibo de la mano de Dios, sino también gratitud por el sufrimiento. La experiencia purificadora que representa el sufrimiento frecuentemente es el camino más corto hacia la intimidad con Dios.

Quisiera agregar, además, que la confianza Bíblica se nutre en el marco del amor. Mi experiencia de confiar en Dios es el resultado de experimentar, día a día, su amor incondicional hacia mí, ya sea que me encuentre en tiempos de quietud o de tormenta, en enfermedad o en salud, en un estado de gracia o desgracia. Él llega al lugar donde estoy y me ama tal cual soy.

En Juan 17.26 Jesús dice: «Padre, yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos.» El mismo amor que Abba tiene por Jesús es el amor que el manifiesta por nosotros cuando está en nuestros corazones. El problema es que muchos de nosotros no tenemos conciencia de esto.

¿Podríamos decir, entonces, que parte de nuestro problema radica en esta falta de conciencia?
Yo creo que la verdadera diferencia en la iglesia no está entre los conservadores y los liberales, los fundamentalistas y los carismáticos, lo republicanos o los demócratas. La verdadera diferencia está en los que perciben y los que no perciben.

Cuando alguien percibe ese amor de Dios, el mismo que tiene el Padre hacia el Hijo, esa persona se torna agradecida en forma absolutamente espontánea. Las expresiones de gratitud se convierten en la característica sobresaliente de la vida interior, y el efecto de la gratitud es el gozo. No es que experimentamos gozo y por eso estamos agradecidos, sino que estamos agradecidos y por eso sentimos gozo.

No obstante, también existe el sufrimiento. En su libro, entre comentarios sobre la gratitud y la contemplación de Dios, usted menciona, en términos bien personales, que el camino hacia la confianza en el Señor necesariamente incluye el sufrimiento.

En un momento de mi vida llegué a un centro de rehabilitación para alcohólicos, abrazado a mi botella de vodka. Lo que menos quería en ese momento era someterme a un proceso de desintoxicación que duraba 28 días.

Continué bebiendo, un niño ebrio que preguntaba a gritos: «¿Jesús, dónde estás?» ¿Como podemos experimentar confianza en medio de la agonía, el dolor, la angustia y la desesperación? A lo que me refiero es lo siguiente: ¿Es posible que soportemos la prueba y eventualmente avancemos más allá de una realidad maligna, desolada y melancólica, para experimentar una vez más el amor incondicional de Dios? Ese es el desafío que yo le planteo a los cristianos. ¿Confías tu en el Dios que te ama? Todos responden: «Claro que sí! Hace tiempo que conozco su amor». Si observamos la forma en que viven, nos daremos cuenta de que no confían. Existe tanto temor, tanta ansiedad, tanta auto-condenación. La mejor definición de la fe que yo he encontrado es la de Pablo Tillich, quien dijo: «La fe es el coraje para aceptar que soy aceptado».

¿A qué se refería Tillich? La Fe es un código para aceptar que Jesús conoce la historia completa de mi vida, cada secreto escondido, cada momento de pecado, vergüenza, deshonestidad y degradación que oscurecen mi pasado. En este mismo momento el conoce mi fe superficial, mi débil vida de oración, mi discipulado inconsistente y se llega a mi y me dice: «Te reto a que creas que yo te amo, tal cual eres y no como deberías ser, porque nunca llegarás a ser como deberías ser.»

¿Por qué tenemos miedo de que Dios no nos va a amar tal cual somos?
Mi sentir es que nos preguntamos lo siguiente: Si yo permito que el amor de Dios se manifieste absolutamente en mi vida, ¿qué demandará él de mí? ¿Será que me manda a pasar diez años con las misioneras de la madre Teresa de Calcutta? ¿Me enviará un cancer? ¿Me dirá que debo dejar a mi pareja para ir a vivir en una cueva, solo con él? Todos estos alocados temores no tienen nada que ver con el Dios que se deleita en su pueblo.

Para mi es más importante ser amado que amar. Cuando no he tenido la experiencia de ser amado por Dios – tal cual soy y no como debería ser –entonces el amar a otros se torna un deber, una responsabilidad, una tarea. Pero si permito que El me ame tal cual soy, con el amor de Dios derramado en mi corazón por el Espíritu Santo, entonces puedo tocar la vida de los demás en forma más natural.

Y tu dices que la confianza nacida de esta clase de amor es despiadada.
La verdad que suena algo raro el decir que la confianza debe ser despiadada. El diccionario define la palabra «despiadada» como algo «sin piedad.» En el contexto que lo uso yo, esta confianza no conoce la auto-conmiseración. La auto-compasión es la primera reacción natural en el ser humano. Creo que perdemos tiempo cuando tratamos de reprimirla. No obstante, llega un momento cuando amenaza con tornarse maligna. Nos puede conducir a patrones destructivos como el aislamiento, el alcohol, las drogas y otras cosas. Lo que hacemos, entonces, es rogarle a Dios que nos de la gracia para ponerle límites a la auto-conmiseración.

Un poeta dijo que la última ilusión a la que debíamos renunciar es el deseo de ser amados. Hay un monje en la abadía de Genesee. Hace treinta años que reside allí. Un día una visita le preguntó: «¿Aún se siente tan cercano a Dios como se sentía cuando ingresó a la abadía?» La respuesta gloriosa del monje fue esta: «No, pero ahora ya no tiene importancia para mí.» El había llegado a tal grado de libertad en cuanto a sentirse amado que podía aceptar indistintamente la consolación o la desolación, la presencia de Dios o su ausencia, como si estas alternativas fueran una y la misma cosa. Con el ir y venir de mis frágiles sentimientos, puedo dar gracias a Dios que la presencia del Señor en mi ser interior no depende de mis sentimientos. De otro modo, ¡estaría en verdaderos problemas!