Por Rubén Lago

¿CUÁL ES NUESTRA GLORIA?
 

por Rubén Lago



La palabra “gloria” no es de las más utilizadas en nuestro tiempo, pero su significado está impregnado en todas las áreas de nuestro vivir diario. Todo, aunque utilizando otros términos, nos habla de “gloria”; éxito, objetivos, reconocimiento, resultados, imagen. El hedonismo ya no es algo de que avergonzarse sino una expresión más de nuestro deseo de “gloria”.

Es inevitable que al llegar la época de fin de año comencemos a hacer balances ó “mediciones” para ver cuales son “nuestros logros” .

“¿Cuál es nuestra gloria?”: ¿Tengo el mejor auto? ¿Tengo el mejor puesto? ¿Voy de vacaciones al mejor lugar? ¿Cuántos “Super-Megabytes” tiene mi computadora?

Por lo que se ve, en el nuevo testamento la palabra gloria se encontraba instalada en el lenguaje del momento. Quizás por el imperio Romano ó por la cultura Griega, Pablo, que tenía influencias en sus raíces de ambas culturas, es uno de los escritores de la Biblia que más utiliza esta palabra.

Pero paradójicamente busca la motivación ó raíz de ella en parámetros muy diferentes a los convencionales. En la segunda carta a los Corintios capítulo 1 versículo 12, el Apóstol Pablo hace una afirmación que contrasta en gran manera con la concepción habitual de la palabra Gloria.

“Porque nuestra gloria es esta: (los dos puntos presuponen una definición posterior) el testimonio de nuestra conciencia, (si se me permite; el testimonio, la convicción en nuestro espíritu) que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros.”

¿Cuál es entonces, nuestra gloria? La convicción, el testimonio en nuestra conciencia, en nuestro espíritu, de que nos hemos conducido con Sencillez (en la versión 1909 dice: simplicidad) y sinceridad de Dios...

En un tiempo en donde hasta lo más sencillo se “hace complicado” para que “resulte más importante”, y aún muchas veces (tristemente) en medios cristianos; viene a mi mente una oración de Jesús:

“En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó". (Lucas 10:21)