Obediencia o Rendición

por Sara de Díaz
 

Introducción

Os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Romanos 12:1-2

Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.
Romanos 6:13

El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado.
Salmo 40:8

El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
1º Juan 2:17

El equilibrio metabólico es necesario para mantener el funcionamiento normal del organismo. No se puede mantener la salud y la vida en un cuerpo donde hay desequilibrio, disfunciones y descompensaciones. En esas condiciones no se puede crecer, mantenerse ni reparar el desgaste, que son los procesos necesarios para el sustento de la vida.

Ya hemos aprendido que en el mundo espiritual existen dos reinos: el Reino de la Luz y el Reino de la Tinieblas (Colosenses 1:13). Como todo reino tienen su rey, ley, bandera, idioma, etc. La ley del Reino de las Tinieblas es “Hago lo que yo quiero.” En contraste la ley del Reino de la Luz es “Hago la voluntad de Dios.”

El hacer la voluntad de Dios en la vida cotidiana, en lo grande y en lo pequeño, trae el verdadero equilibrio en la vida del creyente. Todo se pone en su lugar, todo se ubica, todo es armonioso cuando vivimos haciendo TODO a la manera de Dios.

El creyente que vive en obediencia, que ha rendido su voluntad a la voluntad de Dios, está lleno de vida, goza de buena salud espiritual, es fuerte y resistente (Salmo 92:10).

Pero el creyente que, aunque está en el Reino de la Luz, sigue con la ley del Reino de las Tinieblas (“hago lo que quiero”), o solo obedece “a medias”, esta lleno de desequilibrios, disfunciones y descompensaciones. Padece de mala salud espiritual, atrapa todas las “pestes” que hay en el aire, es débil, enclenque y raquítico. Es el creyente “carnal”.

Pero el vivir cotidianamente en obediencia a Dios, requiere una decisión personal. (Veremos esto más adelante en el estudio).

En el mundo cristiano hay varias expresiones que definen esta experiencia. Para unos es “rendición” para otros es “consagración”. Para algunos es “someterse al Señorío de Cristo”. Para otros es “vivir en el Espíritu”, ser “verdaderos discípulos” y otros términos más. Pero todos se refieren a la decisión de un creyente de entregarse enteramente al Señor, obedeciéndole en todo dejándolo que El maneje, guíe y use su vida conforme a Su voluntad (en este estudio usaremos más la palabra “rendición” para hacer más entendible su significado).

La rendición u obediencia es la base de todo el andar cristiano. ¿Tiene algún valor orar, leer la Biblia, cantar, confesar, ir a la iglesia, testificar, servir, etc... si no sometemos nuestra voluntad a la de Dios? ¿Cuántos creyentes hay que están “sirviendo”, etc. etc., pero no sin obedientes a Dios en la vida cotidiana? (Juan 8:31, 15:14, Lucas 6:46).

Si no enseñamos esta verdad con fidelidad estamos fabricando “evangélicos” (de la denominación que sea), religiosos, pero no verdaderos cristianos, discípulos de Cristo que dependen de su Señor y andan bajo sus órdenes. Decimos esto, porque esta verdad se la estamos enseñando a los niños desde hace muchos años. ¿Porqué lo hacemos? Porque sino ellos creerán que han aceptado una religión con ciertos preceptos y metodología. Cuando la verdad es que, si hemos recibido a Cristo en nuestro corazón como Salvador y Señor, lo lógico es que la vida que sigue a este acto o decisión, es una vida de obediencia sin reservas a aquel SEÑOR que hemos decidido seguir.

Dios tiene un plan perfecto para cada vida. Cada discípulo de Cristo debe buscar empeñosamente el plan de Dios para su vida, que sin duda es distinto al de los demás, porque Dios jamás hace fotocopias. Pero la vida está compuesta por años, meses, días, horas, minutos. Por eso, el plan de Dios para una vida se cumple, haciendo su voluntad, y obedeciéndole, cada minuto de la vida cotidiana.

I. Qué es la rendición
1. Es el acto de entregar al Señor la vida, todo lo que uno es y posee. (Salmo 31:15-1ºCorintios 29:14 b).

La conversión no es sólo “entregarle el corazón a Jesús”. Es entregarle el cuerpo, los pies, las manos, la boca, etc. etc. Es entregar la familia, los afectos, los bienes, la carrera, la profesión, los proyectos, los defectos, etc.

2. Es someterse al Señorío de Cristo, o sea: no manejo yo mi vida, sino que me “maneja” el Señor Jesús (Romanos 14:8).

No se trata del manejo de un títere, sino de la guía de Alguien que sabe muchísimo más que yo, conoce el camino, los escollos, sabe lo que más me conviene, etc.
Ejemplo: ¿Qué chofer elegiría para una travesía por las Alta Cumbres, en angostos caminos de cornisa lleno de curvas?...

 

3. Es rendir la voluntad propia a la voluntad de Dios. (Salmo 40:8). O sea:

No hago lo que se me antoja, sino que hago lo que mi Padre quiere. - Ya no decidimos solos; consultamos, escuchamos y nos ponemos de  acuerdo con un Padre amante y sabio.

Hay una pregunta que repetimos ante cada circunstancia: “Señor, ¿qué quieres que haga?”
 

4. Es andar en obediencia al Espíritu Santo. O sea:
  • El Espíritu Santo me va indicando que hacer o que no hacer... ¡y yo le hago caso!
  • Tenemos un Piloto adentro, un incomparable Conductor. La cuestión está en entregarle a El el timón.
5. Es convertirse en un verdadero discípulo de Cristo que: (Lucas 14:27; Juan 13:35; Juan 15:14)
  • Cree todo lo que Cristo dice.
  • Hace todo lo que Cristo manda.
II. Qué es lo contrario a la rendición
1. Es entregar a Dios parte de nuestro ser, pero reservarse ciertas áreas. Es tener un corazón dividido. (Proverbios 23:26).

Es como decirle implícitamente a Dios: “Señor, gracias por salvarme y bendecirme. Por favor, no dejes de hacerlo. Pero en mi vida ¡No te metas!"

2. Es tomar el timón de nuestra vida continuamente, o en ciertos momentos, donde, aunque sea inconscientemente, pensamos que nosotros sabemos mejor que el Señor como conducir nuestro barco al puerto del bienestar y felicidad.
  • A veces tenemos miedo a que Dios nos quite algo a lo que estamos aferrados.
  • Y, a veces, también tenemos miedo a que Dios ponga su dedo en algún pecado querido.
3. Es sólo ser un religioso (uno que abrazó una creencia) y no un discípulo de Cristo.
III. Porqué debemos rendirnos
1. Porque Jesús nos compró a gran precio. (1º Pedro 1:18-19; 1º Corintios 6:20; 1º Corintios 7:23).

Lo incomprensible y maravilloso de esto es que, siendo propiedad de Dios, El nos ruega que nos entreguemos a El. (Romanos 12:1). O sea que la rendición o entrega, es siempre un acto voluntario.

Eso sí, si no lo hacemos debemos atenernos a las consecuencias, y no culpar a Dios cuando nuestras vidas son arruinadas, nos falta la paz, el gozo, el respaldo y la bendición que trae aparejada la vida de obediencia.

Cuando el cristiano maneja y dispone de su vida a su antojo, en realidad le está robando a Dios lo que le pertenece. Y se está robando a si mismo su lugar (que le pertenece legítimamente) de discípulo de Cristo.

2. Hay dos razones de peso para dejarnos dirigir por Dios:
  1. Nosotros no sabemos. Dios SI sabe (Jeremías 17:9-10).
  2. Nosotros no conocemos el futuro. Dios SI lo conoce (Juan 16:13; Isaías 45:11).
3. Porque Cristo es la Cabeza de la iglesia. (Efesios 5:23).

Es la cabeza la que dirige el cuerpo. El derecho de dirigir le pertenece a la cabeza. Es su función principal. Allí está el tablero con todos los controles. Y sus directivas están claramente registradas en Su Palabra, la Biblia, y en la guía del Espíritu Santo. (Juan 17:10,17; Juan 16:13).

IV. Cómo debemos rendirnos
La rendición llevada a la práctica tiene dos aspectos que podemos definir como definitivo y constante. En otras palabras, podríamos decir también que tiene:
- Un punto de partida.
- Un camino que recorrer.
1. Es un acto definitivo
En un momento determinado de la vida, decido rendirme a Dios para siempre.

Lo lógico e ideal es que esto ocurra en el momento de la conversión y muchos lo entienden así. Pero, lo real es que también mucha gente no entiende esto de
inmediato. Y es necesario ayudar al discípulo a entender que su vida ya no es más suya sino del Señor.

Es necesario que este “estilo de vida” parte de una firme determinación.

2. Es una actitud constante

Cada día, en cada momento, ante cada situación, en TODO, en cosas grandes y en cosas pequeñas, voy escuchando y obedeciendo a Dios. Debe ser una experiencia cotidiana.

Un poeta lo expresó de esta manera:

Vive un momento a su vez
Y este... ¡para el Señor!
Y en la continuación de ellos
Hallarás felicidad.

Ejemplo: Ir a la escuela.
Ir a la escuela es una decisión que uno toma global al empezar el año escolar. Pero, cada día uno tiene que mantener esa decisión levantándose y yendo a la escuela.

3. La vida de obediencia, o el “andar en el Espíritu” (Gálatas 5:25) no es posible por el esfuerzo humano. Miles de cosas de este mundo impío conspiran contra este estilo de vida. Esta vida solo es posible siendo “llenos del Espíritu Santo” (Efesios 5:18).

Continúa en Obediencia o rendición (II)

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