Por Rubén Lago

La respuesta

por Henri Nouwen.
Tomado del libro “¿Puedes beber este cáliz?”
 


He visto muchas copas: de oro, de plata, de bronce y de cristal, unas decoradas espléndidamente y otras muy sencillas, con unas formas muy elegantes y a la vez muy simples. Sea cual sea su material, su forma o su valor, todas hacen referencia al acto de beber. Beber, igual que comer, es uno de los actos humanos más universales. Bebemos para seguir viviendo o bebemos para acelerar nuestra muerte. Cuando la gente dice: «Bebe mucho» pensamos en el alcoholismo y en los problemas familiares que conlleva. Pero cuando decimos: «Me gustaría que vinieras a beber algo conmigo», pensamos en la hospitalidad, en la celebración, en la amistad y la intimidad.

No es una sorpresa que la copa sea un símbolo tan universal. Abarca mucho de lo que hacemos en nuestra vida. Muchas copas hablan de victoria: las copas de fútbol, de tenis, son trofeos ardientemente deseados. Fotografías de capitanes levantando una copa victoriosa mientras sus compañeros de equipo los llevan a hombros están impresas en nuestra memoria como recuerdos de nuestra emoción en momentos de victoria. Esas copas hablan de éxito, de coraje, de heroísmo, de fama, de popularidad y de un gran poder.

Muchas copas hablan también de muerte. La copa de plata de José, encontrada en el saco de Benjamín, huele a tragedia. Las copas de Isaías y Jeremías son las copas de la ira de Dios y de la destrucción. La copa de Sócrates era una copa envenenada que alguien le entregó para que pusiera fin a su vida.

La copa de la que habla Jesús no es ni un símbolo de victoria ni un símbolo de muerte. Es un símbolo de vida, llena de dolores y gozos, que podemos mantener en nuestras manos, que podemos levantar y beber como una bendición y como un camino de salvación. «¿Podéis beber la copa que yo he de beber?», nos pregunta Jesús. Esta pregunta tendrá un sentido diferente cada día a lo largo de nuestras vidas. ¿Podemos abrazar con buen ánimo las penas y los gozos que nos llegan día tras día? En un momento dado puede parecer muy fácil beber la copa, y en ese momento podemos dar un sí rápido a la pregunta de Jesús. Pero quizá al poco tiempo, las cosas pueden parecernos completamente diferentes, y todo nuestro ser grita: «¡No, nunca!» Debemos dejar al sí y al no, a ambos, que hablen en nosotros para llegar a conocer con mayor profundidad el enorme desafío de la pregunta de Jesús.

Juan y Santiago no tenían ni la más mínima idea de lo que decían cuando respondieron que sí. Apenas entendían quién era Jesús. No pensaban en él como en un líder que sería traicionado, torturado y muerto en la cruz. Tampoco se imaginaban que sus vidas iban a estar marcadas por viajes agotadores, persecuciones terribles, que se iban a consumir en la contemplación o el martirio. Su primer sí tan fácil tuvo que ser seguido por muchos difíciles síes hasta que sus copas se vaciaron totalmente.

¿Y cuál es la recompensa de una respuesta auténticamente afirmativa? La madre de Juan y de Santiago quería una recompensa concreta: «Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando reines» (Mt 20:21). Ella y ellos tenían muy pocas dudas sobre lo que querían. Ambicionaban el poder, la influencia, el éxito, la riqueza. Se preparaban para ocupar un puesto relevante cuando los ocupantes romanos fueran expulsados del territorio y Jesús fuera proclamado rey y preparara su propio equipo ministerial. Querían ser su mano derecha e izquierda en el nuevo orden político.
Pero, a pesar de su mala interpretación, habían sido profundamente tocados por este hombre, Jesús. En su presencia, habían experimentado algo que nunca habían imaginado. Tenía que ver con la libertad interior, el amor, la preocupación por los demás y, sobre todo, con Dios. Sí, querían poder e influencia, pero sobre todo querían estar cerca de Jesús a toda costa. A medida que avanzaban en su camino personal al lado de Jesús, descubrieron gradualmente a lo que habían dicho sí.

Oían cosas sobre ser siervo y no señor, sobre buscar el último lugar en vez del primero, sobre entregar sus vidas en vez de dominar la vida de los demás. Y en cada una de esas ocasiones tenían que hacer una nueva elección. ¿Querían seguir con Jesús o abandonarlo? ¿Querían seguir el camino de Jesús o buscar a algún otro que les diera el poder que deseaban?

Más tarde, Jesús les planteó el reto directamente: «¿También vosotros queréis marcharos? Pedro respondió: Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que eres el santo de Dios» (Jn 6:67-69). Él y sus amigos habían empezado a intuir el reino del que Jesús les había estado hablando. Pero seguía en pie la pregunta: «¿Podéis beber la copa?». Dijeron que sí una y otra vez. ¿Y en qué quedó el tema de los asientos en el reino? Podrían no ser los sillones que habían esperado, ¿pero podrían estar más cerca de Jesús que los demás seguidores?

La respuesta de Jesús es radical, como su pregunta: «... pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre» (Mt 20:23). Beber la copa no es un acto heroico con una maravillosa recompensa. No es la ganancia fruto de un contrato. Beber la copa es un acto de amor desprendido, de inmensa confianza, de sometimiento a un Dios que les dará lo que necesiten cuando lo necesiten.

La invitación de Jesús a beber la copa sin ofrecer la recompensa que esperamos es el gran reto de la vida espiritual. Rompe todos los cálculos humanos y todas las expectativas. Desafía todos nuestros deseos de seguridad por adelantado. Vuelve cabeza abajo nuestra esperanza para un futuro predecible y echa por tierra todas nuestras autosuficiencias y seguridades inventadas. Pide una confianza radical en Dios, la misma confianza que hizo beber a Jesús la copa hasta las heces.

Beber la copa que bebió Jesús es vivir una vida en el espíritu de Jesús, que es el espíritu de un amor incondicional. La intimidad entre Jesús y el Abba, su Padre, es una intimidad de confianza completa en la que no se dan los juegos del poder, ni un consentimiento mutuo a unas promesas, ninguna garantía por adelantado. Se trata solamente del amor, puro, sin restricciones, ilimitado, totalmente abierto, totalmente libre. Esta intimidad le dio a Jesús la fuerza para beber la copa. Esta intimidad tiene un nombre, un nombre divino. Es el Espíritu Santo. Vivir una vida espiritual es vivir una vida en la que el Espíritu Santo nos guiará y nos dará la fuerza y el coraje para seguir diciendo sí a la gran pregunta.