SILENCIO INTERIOR

por Ignacio Larrañaga

En lo alto de la montaña, Jesús había dicho que para adorar y contemplar al Dios vivo, no se necesitan grandes voces ni abundante palabrería. Hace falta crear el silencio interior. Hay que entrar en el recinto más secreto, desentenderse de los ruidos, establecer el contacto con el Padre y luego, simplemente, "quedarse" con Él (Mt. 6: 6).

Si la oración es un encuentro, y el encuentro es la convergencia de dos interioridades, para que exista tal convergencia es indispensable que las dos personas salgan previamente de sus interioridades y se proyecten en un punto, en un momento determinado. Sin embargo, la salida del hombre para su encuentro con Dios no es, paradójicamente, una salida sino una entrada; es decir, un avanzar en círculos concéntricos hacia el centro de sí mismo para "alcanzar" a Aquel que es "interior intimo meo", más entrañable que mi propia intimidad (San Agustín). Entonces, y "allí", se da el encuentro.

Hay que comenzar por calmar las olas, silencian los ruidos, sentirse dueño y dominado, ser "señor" de la productividad interior, controlar y dejar en quietud todos los movimientos, sin permitir que los recuerdos y las distracciones lo lleven de un lado a otro. Este es el "aposento interior" (Mt. 6: 6) en donde es necesario entrar para que se dé el verdadero encuentro con el Señor.

Jesús añade: "Cierra las puertas" (Mt. 6: 6). Cerrar las puertas y ventanas de madera es fácil. Pero aquí se trata de unas ventanas mucho más imprecisas y sutiles, sobre las cuales no tenemos dominio directo.

El cristiano no tiene dificultad en desentenderse de1 mundo exterior. Le basta subir a un cerro, internarse en un bosque o entrar en una capilla solitaria y, con eso, ya se siente instalado en un entorno recogido. Pero lo difícil, imprescindible y urgente es otra cosa: desligarse (y desligándose, dominarla) de esa horda compacta y turbulenta de recuerdos, distracciones, preocupaciones e inquietudes que asaltan y destrozan la unidad y degüellan el silencio interior.

Los maestros espirituales nos hablan constantemente de las dificultades casi invencibles que tuvieron que soportar durante largos años para conseguir esa "soledad sonora", atmósfera indispensable para la "cena que recrea y enamora".

Capítulo del libro
Muéstrame tu rostro
de Ignacio Larrañaga
Quinta edición - 1984
Ediciones Paulinas - 382 pag.

 

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