Jesús, el que envía a las misiones (II)


Por Marcelo Abel
Congreso Misionero 2004
General Alvear, Mendoza,
14 al 16 de mayo de 2004.

Viene de Jesús, el que envía a las misiones (I)

Queridos hermanos, si quieren profundizar las misiones repasen el libro de Juan y subrayen cada vez que Jesús reconoce, recalca y repite que él es un enviado del Padre. No es lo mismo salir por cuenta propia que ser enviado. No es lo mismo si voy a Alemania a ver los parientes de mi esposa que si Bielsa (ministro de relaciones exteriores o canciller en este año 2004) me envía como embajador de la Argentina, son cosas muy diferentes. ¡Pero nosotros somos enviados, hermanos! Jesús nos quiere enviar. La verdad bíblica es que desde el momento en que nacemos de nuevo, somos ciudadanos del Reino de Dios, somos hijos del Rey, embajadores del Rey, y por si eso fuera poco somos herederos del Reino. Somos hijos, ciudadanos, embajadores y luego herederos. ¿Es poca cosa?

Por algo Jesús dijo "Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia" porque esa, finalmente, es su herencia eterna. Busquen primero el Reino de Dios, porque eso es lo que trasciende, es una realidad eterna. “Chicos y chicas, no sean miopes” decía Jesús; “no desvivan esa vida que van a vivir una sola vez sino jueguen su vida, desgástenla detrás de un objetivo eterno que es el Reino de Dios. Vida eterna, Reino eterno; tenemos un Rey eterno y pertenecemos a un pueblo eterno.

El elemento central del Reino de Dios es el amor, así como el elemento central del reino de las tinieblas es el miedo.

Me acuerdo de un antropólogo no cristiano que cierta vez, en una reunión de aborígenes, insistía en que ellos volvieran a sus raíces ancestrales, a sus costumbres antiguas, y así iba mencionando una serie de prácticas bien paganas que ellos realizaban antes de conocer el evangelio. Mientras hablaba así el antropólogo salta una anciano huichí y se planta frente a él y le dice: “¿Usted quiere que nosotros volvamos a esos miedos de antes? ¡Cristo nos libertó de esos miedos!” ¡Gloria al Señor! Esa es la experiencia de ellos y nuestra. El verdadero amor echa fuera el temor, el miedo.

La gente le tiene miedo a todo que no está en Cristo. Más de una vez, cuando hablo de guerra espiritual en alguna ciudad viene gente, aún profesionales y me dicen “pastor, ore por mí, que vivo con miedo, estoy toda la noche con la luz prendida pues escucho ruidos extraños y mi familia no puede descansar bien pues tengo la luz prendida toda la noche”. Miedo a la oscuridad, a las tinieblas: el hilo rojo del reino de las tinieblas es el miedo, el hilo rojo del Reino de Dios es el amor.

El amor es confianza, el amor es soltura, es relax en el buen sentido de la palabra. El que está sin amor no sabe dónde está ni adónde va. “Yo soy la luz del mundo –dice Jesús-, el que me siguiere no andará en tinieblas” ¡Qué bendición para nosotros andar en la luz, saber dónde estamos, de dónde venimos y adónde vamos! Eso es una realidad preciosa; saber donde pisamos porque Jesús nos ilumina el camino.

Una vez le pregunté a un anciano aborigen: “¿Cómo hacían antes ustedes, cuando habían muchos tigres en esta zona, para proteger a los niños?”. No, me respondió el anciano, “cuando escuchábamos el rugir de los tigres todos los hombres amontonábamos mucha leña, y cuando se ponía oscuro prendíamos el fuego y había luz, y donde hay luz el tigre no se acerca”. Donde hay luz, el tigre no se acerca… Si permanecemos en la luz, hay muchas menos probabilidades de que el enemigo se acerque. Debemos traer estas personas a la luz. Los demonios se sujetan porque descubrieron quién es nuestro enviador, quién es nuestro Rey, bajo qué gobierno estamos, y esto es fundamental, precioso.

Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, busquen primero lo primero, nuestra vida debe tener este propósito de ayudar a las personas para que se muden de la potestad de las tinieblas al Reino de su amado Hijo. No estoy hablando de denominaciones (los aborígenes dicen “las abominaciones”, en su mal castellano, y a veces creo que tienen razón), sino de llevar a la gente al reino de la luz, y esto es maravilloso. No hay nada más sublime, más glorioso que hacer de partero espiritual, que nazca de nuevo y su nombre sea anotado en el libro de la vida, y que tenga vida eterna.

Y uno ve los cambios y se goza… Yo he visto aborígenes entrar al templo completamente borrachos, molestando. Los tuvimos que tranquilizar, oramos por ellos y estaban allí, tambaleando en silencio. Oramos al finalizar el culto y desde esa noche nunca más tomaron bebidas alcohólicas, porque hay poder en el nombre de Jesús y cambia, transforma las vidas.

En uno de mis viajes por misiones, para conocer los aborígenes guaraníes, hace ya quince años, era interesanto notar que entre los guaraníes en los que no había entrado el evangelio, había un 30% de alcoholismo, mientras que en los tobas no alcanzaba al 5%, porque la mayoría eran creyentes. Una vez, hablando el intendente con el comisario, le dice “¿ Viste, Raúl, que ya no se ve ven esos aborígenes borrachos que antes estaban tirados en las cunetas?” Y el comisario le contesta: “¿Y vos sabés porqué es esto?”. “Y, no sé- responde el intendente-, será porque ahora van a la escuela”. “No, no –aclara el comisario- eso es gracias a los misioneros que le traen el evangelio”. Cambia las vidas el poder del evangelio.

Buscad primeramente el Reino de Dios; las cosas pasajeras, materiales, tarde o temprano lo tendremos que dejar, pero lo que ganamos para el Reino de Dios es un fruto que perdura para vida eterna. Un hombre muy rico había muerto en EEUU, y todos los parientes habían venido para escuchar lo que había dejado como herencia, y se demoró el abogado que tenía que hacer el anuncio, de tal manera que todos se pusieron nerviosos y comenzaron a gritar, junto con unos cuantos curiosos que se habían añadido, “queremos saber cuánto dejó”. Y finalmente sale el que hace el anuncio y dice “Les quiero decir cuánto dejó: les aseguro que dejó todo”. Dejó todo... Todos tendremos que dejar todo, pero el fruto que perdura para siempre es una cosecha eterna.

Un pastor dijo en una oportunidad: “Cuando vaya el cielo me quiero encontrar con tres tipos de personas: en primer lugar me quiero encontrar con Jesús, y voy a caer a sus pies, y lo voy a adorar, y le voy a dar gracias, y luego de desahogarme y darle gracias quiero salir a buscar a aquella persona que a mí me condujo a Jesús y quiero abrazar a esa persona, y quiero danzar al son de la música angelical junto con ese Juan, o Antonio o quien sea quien me ayudó, que me hizo puente, que me condujo a Jesús, y le quiero decir gracias por el Nuevo Testamento que me regalaste, o por el folleto que me diste, o porque me visitaste en mi casa, oraste por mí y ahora puedo esta aquí, gracias. Y después en tercer lugar quiero salir a buscar a aquellas personas a quienes yo conduje a Jesús”. ¿Vas a encontrar alguno? ¿Cuántas personas condujiste a Jesús? Es un fruto que permanece para siempre: su nombre será anotado en el Libro de la Vida. Será ciudadano eterno del Rey eterno, del reino eterno, del Rey eterno, del pueblo eterno.

Hermanos, vale la pena sacrificarnos, vale la pena ofrendar, vale la pena doblar rodillas, vale la pena diezmar. Un hermano en la iglesia del ya muerto Pedro Bachor, un hermano nuevito, que cuando entró vio que estaban levantando la ofrenda y preguntó
- Pastor, ¿cuánto es la cuota que tengo que pagar?” Y el pastor le contestó:
- No, aquí no hay que pagar ninguna cuota…
- Bueno, pero cuánto tengo que poner.
- Y, es voluntario.
- Bueno, pero deme una idea.
- Bueno, la Biblia habla del diezmo…
- ¿Diezmo, y qué es eso?
- Es la décima parte de lo que ganamos
- ¿Y, nada más?
- Pero, usted me dice ¿nada más? Y recién se convierte, y tengo viejos diáconos que chillan cuando hablo del diezmo.
- No, pero cuando yo estaba del otro lado, entre mujeres, y caballos de carrera y farras yo dedicaba el 50% al diablo, ¿cómo no voy a dedicar el 10% a Dios?

Piénselo así, hermano, ¿cuánto estaríamos malgastando en el mundo si Cristo no nos hubiera rescatado y nos hubiese trasladado al Reino de la luz? Así que estemos dispuestos a ofrendar, a ofrecer sacrifico, y ofrendar nuestra propia vida en sacrificio vivo para el Señor.

Los invito a ponerse en pié, vamos a orar …

Grande es la cosecha, y pocos son los obreros. Un misionólogo dijo hace poco “Si yo tuviera 100.000 jóvenes los podría ubicar a todos a lo largo del mundo. Grande es la cosecha y pocos los obreros. ¿Estás dispuesto a jugarte, a decir “Heme aquí, envíame a mí, dónde tú quieras, cuándo tú quieras, mi Rey, mi Señor, haz de mí lo que quieras”?
 


 


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