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Una serie de crímenes con
características aberrantes ha conmovido a la
sociedad argentina en los últimos meses. La
referencia es hacia los infanticidios de Candela
Rodríguez (11 años), desaparecida de su casa de
Hurlingham (Bs. As.) y encontrada el 31 de Agosto de
2011 (9 días más tarde) sin vida a 30 cuadras de su
domicilio; al de Tomás Santillán, (9) asesinado a
golpes y abandonado en la periferia de Lincoln (Bs.
As.) el 17 de Noviembre pasado y al de Gastón
Bustamante, (12) quien fue golpeado y estrangulado
por delincuentes que entraron con fines de robo a la
casa de sus padres en Miramar (Bs.As.) el Martes 22
del mismo mes. Esto se encadena con otros asesinatos
de menores, que merecieron difusión en los medios de
comunicación, perpetrados en el país en los últimos
10 años. La sensación, inclusive, es que no hay una
real dimensión del flagelo, ya que, en los casos en
que hay varias muertes en un mismo hecho, como el
cuádruple crimen de La Plata del sábado 26 de
Noviembre, queda morigerado el impacto por el crimen
de una menor al haber más muertes en la misma
escena.
Claudio Mate, psicólogo, ex
ministro de salud bonaerense y director del Centro
de Estudios sobre Sicopatías de la universidad
Isalud en un artículo publicado en la edición del
domingo 27/11 del diario La Nación aseveró: “Es
indudable que bordes inconmovibles hace algunos años
se han traspasado y lo aberrante ha perdido su
condición de tal. Se sabe a partir del caso Candela
que entre 15 y 20 niños son asesinados todos los
años en nuestro país…”
Sin abundar en estadísticas y
precisiones policiales se puede convenir en que esta
oleada de crímenes merecen, para el común de la
sociedad, los calificativos de escalofriantes,
horrendos, inentendibles entre innumerables
sinónimos más. Desde la óptica de pensamiento
cristiano debemos entender que esto claramente se
inscribe dentro de las definiciones bíblicas
escritas para los tiempos finales.
En 2° Timoteo 3:1-3 Pablo
advierte al joven discípulo respecto del carácter de
los hombres en los “postreros días”. El célebre
apóstol describe a los tales como “…injuriosos,
calumniadores, sin afecto natural…” .
En el libro de Génesis, capítulo
22, se puede leer el relato de lo que ocurrió tras
la orden dada por Dios a Abraham de sacrificar a su
primogénito Isaac. Allí observamos cómo el Padre
Celestial interviene sobrenaturalmente impidiendo la
ejecución del mismo, y muestra cómo Dios puso a
prueba al patriarca con este que es uno de los
sentimientos más caros a la condición humana, el del
afecto natural al cual se refería Pablo.
En los ilícitos mencionados
líneas arriba se aprecia, para mal, claramente esta
última característica sabiamente anunciada. La falta
de afecto natural, tristemente, es un denominador
común de estos hechos. Si bien la definición bíblica
se ajusta a la relación padres-hijos, se sabe que
los principales sospechosos de cometer estos
crímenes tenían, en varios casos, vínculo directo
con los menores asesinados. De más está decir que,
si el elemento afectivo no existiera, los adjetivos
que califican los hechos descriptos no dejan de ser
condenatorios de tales acciones. Estos sucesos no
son nada menos que voces de alerta para los que
suscriben al pensamiento cristiano y deben obrar
como aliciente para anunciar las verdades bíblicas
profetizadas. El desconcierto, los interrogantes y
el estupor que esto causa en la sociedad es una
oportunidad para presentar, con la sensibilidad de
cada caso, esta irrefutable realidad predicha.
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