El poder de la bendición (II)

 

por Orville E. Swindoll

 

Viene de El poder de la bendición (I)

¿QUÉ ES LA BENDICIÓN?
La palabra traducida bendecir en el Antiguo Testamento significa bendecir, arrodillarse, alabar, saludar. Aquí debo introducir otra palabra; los hebreos, aún en la actualidad, usan la palabra shalom para bendecir. Shalom, en su sentido técnico significa “paz”, aunque es mucho más que eso. Shalom comunica el deseo de paz, de prosperidad, bienestar, salud, realización plena, seguridad, armonía social. Este concepto está relacionado con el pacto de la presencia de Dios; todos precisamos este shalom, esta bendición. Es la presencia, es la gracia de Dios que produce en nuestra vida lo que ninguna otra cosa es capaz de producir.

Para los antiguos, la bendición de Dios involucraba una fuerza benévola, bienhechora, que se podía trasmitir a otros, y se contrastaba con el poder destructor de la maldición.

Me permito contarles una historia breve. Hace algunos años vino a mi casa un amigo trayendo a una persona a la que recién había conocido, una persona que fue brujo durante años. Vivía maldiciendo a los otros. Ese primer día escuché lo que me quería decir. Estaba embromada de mil maneras y tenía toda clase de problemas. Cuando me contó su historia comencé a comprender el drama que vivía. A través del ejercicio de la magia él había presenciado la muerte de varios individuos que él comprendía como resultado de ese mal, el hechizo de la brujería, por lo cual había recibido un pago. Eso lo asustó y decidió un buen día dejar todo eso. Sin embargo, estuvo tan involucrado en todo eso que ni reconoció que había hecho pacto con Satanás, ni las graves consecuencias de semejante hecho. Cuando pretendió abandonar ese camino maldito comenzó a experimentar en su propia vida las maldiciones con que él mismo había maldecido a otros. Perdió su familia, perdió su salud, estaba en graves problemas.

Le prediqué el evangelio, le ministré la salvación, el perdón, oré por él y experimentó una liberación de demonios. Volvió unos días después, terminamos el trabajo de exorcismo y quedó totalmente libre. Cuando tuvo conciencia de que estaba libre, comenzó a contarme algunas cosas de la magia. Entre esas cosas me dijo que los que ejercen la magia saben que pueden hacer mal a otros pero no pueden determinar qué tipo de mal. Maldicen a uno, pero una vez que lo maldicen, no tienen más control sobre la cosa. Si la persona tiene una accidente, si se enferma, si le pasa una desgracia en la familia o esa persona pierde la vida … ¡mala suerte! Él no pudo controlarlo, y eso le asustó.

Claro, la diferencia entre esa maldición de Satanás es que uno está siendo usado por Satanás. En cambio, cuando se trata de la bendición de Dios, uno comprende qué es lo que Dios quiere hacer y lo comunica a los demás. Es muy importante que comprendamos esto.

Pero allí ese día, cuando él quedó libre, le pregunté si él tenía conciencia de lo que había pasado, pues los demonios hablaban por su boca, además de una serie de cosas bastante dramáticas. Me respondió: “En realidad, no. La última cosa que recuerdo fue cuando me miraste a los ojos, reprendiste un demonio, y de allí en más perdí la conciencia hasta ahora.”

Entonces le dije: “Todos los demonios decían que no iban a salir, pero les dije que tenían que salir en el nombre de Jesús. Al final todos salieron.”

Al cual respondió: “Ah, porque la primera vez que vine acá era un día viernes, y hoy es martes; en la brujería practicamos la magia los días martes y viernes. Por eso salieron los demonios.”

Entonces le dije: “No, no es así. Es posible que los brujos, los magos trabajen solo los días martes y viernes, pero en el nombre de Jesús van a salir los demonios los días domingo, lunes, martes … sábado, día o noche, en la calle, y por dónde quieras” ¡Aleluya! La bendición de Dios es más poderosa que la peor maldición. Gracias a Dios.

La bendición que Dios imparte es también incondicional e irrevocable; por eso dijo Balaam: “Si Dios ha bendecido, ¿cómo puedo yo maldecir”? Dios no cambia de parecer.

Quiero decirte, hermano, y escucha bien: Dios ha determinado bendecirte. No hay mandinga que pueda cortar la bendición de Dios en tu vida. ¡Créelo! Es palabra de Dios.

EN EL NUEVO TESTAMENTO
Pasemos rápidamente al Nuevo Testamento. Allí la palabra traducida mayormente por “bendecir” significa sencillamente “hablar bien” de alguien. Bendecir a Dios, bendecir a otra persona, no es simplemente decir “yo te bendigo” o “te bendigo, Señor”. Es hablar bien de una persona, es decir: “Juan es una persona buena, es una maravilla, es trabajador, es amoroso.” Eso es bendecirlo. Decir al hijo cuando se levanta en la mañana: “Eres un amor, me has llenado de alegría. Que tengas un día maravilloso.” Eso es bendecirlo, hablar bien de él y a él. No es simplemente usar la palabra “bendición”.

En una ocasión, cuando Jesús estuvo con las multitudes, muchos niños se acercaron. Los niños no reconocen ni vallas, ni sogas, ni nada; procuran llegar hasta la persona de su interés, y allí se juntaron con él. Los discípulos trataban de impedirlo: “Dejen de molestar.” Jesús vio eso y dijo “No, no, momento; permítanles venir, no los tengan lejos.” Extendió sus brazos y levantó a dos o tres de los niños. Los otros lo rodearon y Jesús puso sus manos sobre ellos. ¡Una escena maravillosa! Abrazaba a uno, tocaba a otro, les pinchaba la cara con su barba… y los bendijo a todos.

¿Cómo habrá sido cuando Jesús bendijo a sus discípulos? Leemos en las Escrituras en Lucas 24, al final del libro que el Cristo resucitado, a punto de ascender al cielo, llamó a sus discípulos y los bendijo. Quizá a Andrés le dijo así: “Como abriste camino para Pedro, seguirás abriendo camino. Sigue adelante.” ¡Cómo lo bendijo! No se olvidó de esto en toda la vida. Cuando llegaba a los setenta años, recordaba “Jesús me dijo que iba a abrir camino, ¡y toda mi vida he estado dedicado a eso! ¿Por qué? Porque Jesús lo bendijo. ¡Amén!

A Juan y Jacobo: “Hijos del trueno, ustedes que han tronado por todos lados, ustedes van a tronar el dominio de Satanás en pueblos, naciones, en vidas, ustedes van a hacer temblar, por donde vayan, todos los cimientos satánicos, y con ustedes avanzará el reino de Dios.” ¡Qué habrán pensado Juan y Jacobo! Quedaron bendecidos.

A Pedro: “Sé lo que piensas, pero te he amado. Eres un hombre rústico, rudo, pero con esta rudeza, con esta forma de ser que ofende a algunos, vas a establecer el reino, vas a usar las llaves del reino para abrir corazones donde otros, más generosos, no entran. Vas a entrar, siempre vas a entrar, vas a ir adelante”. Los bendijo. Y no se olvidaron más.

NOSOTROS TAMBIÉN
Yo recuerdo palabras, y tú también, que Dios me ha halado en mi fuero interior, en momentos de consternación y dolor, de confusión, cuando no sabía si debiera seguir empujando contra una pared que parecía inamovible, o tirar la toalla. Por ahí el Señor me decía “Sigue, sigue, sigue, estoy contigo.” Y esas palabras me han bendecido. Me acuerdo de un momento, de los más tristes y confusos de mi vida, cuando parecía que todos se volvieron en mi contra, excepto mi preciosa esposa. No sabía qué hacer, y el Señor me habló en un día de oración y ayuno y me dijo: “Yo he cerrado esta puerta, pero voy a abrir otra.” Un tiempo después, cuando vi la puerta que Dios me abrió dije: “¡Qué puerta pequeña que tenía antes, y que portón se me abrió ahora!” ¡La bendición de Dios enriquece, y no añade tristeza con ella! ¡Aleluya!

La bendición de Dios es sobrenatural. Es importante que sepamos oír la voz de Dios y actuar de acuerdo con la palabra de Dios, a fin de bendecir a otros. Las Escrituras insinúan que es nuestro deber bendecir a los que nos rodean. En primer lugar, a nuestra familia. Pregunto: Papá, ¿estás bendiciendo cada día a cada uno de tus hijos? ¿Está hablando bien de tu esposa y de tus hijos todos los días? ¿Dices a tu familia, a cada uno de ellos todos los días que los amas, que los aprecias, que los respaldas, que siempre vas a estar con ellos? Eso es bendecir.

Mamá, ¿pasas el día despotricando contra tu suerte, o dedicas momentos con tu marido y tus hijos para bendecirlos? El mundo va a cambiar cuando el pueblo de Dios aprenda a bendecir. Quizá el arma más poderosa que Dios nos ha dado es el poder de la bendición.
 


Continúa en El poder de la bendición III

 
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