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En ocasión de la
celebración de los 25 años de camino de nuestra familia
espiritual 2, hemos compartido un pensamiento que deseo
reproducir aquí porque creo que resume dos buenos puntos de
la "revelación" y la inspiración esencial de la
espiritualidad y de la vocación profunda del movimiento
pentecostal y carismático.
Leamos Hechos 2:1-4, y
luego los versículos 41 a 47.
Cuando
llegó
el
día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de
repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio
que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban
sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de
fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos
llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.
…
Así
que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se
añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban
en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con
otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y
sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y
señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían
creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y
vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos
según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada
día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían
juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios,
y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada
día a la iglesia los que habían de ser salvos.
He aquí descripto un
evento importante, decisivo, el evento que da inicio a la
iglesia, a la historia de la iglesia; en pocas palabras, acá
está la semilla, el ADN de la iglesia.
Ocurren aquí cosas de una importancia decisiva. En primer
lugar, el corazón está traspasado, herido, "molido". Y a
través de esta herida, el Espíritu Santo irrumpe en la vida
de las personas. Él, como persona, traslada a la vida de los
heridos que lo han recibido a Él, la vida misma de Dios. Su
objetivo es formar a Cristo. A partir de este primer evento
se inicia, incluso en los apóstoles, la gestación de la
concepción y, posteriormente, la formación de Cristo en el
corazón. El Espíritu Santo desciende, y en el interior, hace
esta obra de penetración profunda, implantando en el corazón
esta semilla de la vida que, única, puede dar lugar a la
vida de Cristo. Esto inicia el proceso de "formación de
Cristo", absolutamente estratégico y vital para la vida de
todo cristiano. Aquí se pone el fundamento: no de manera
intelectual o emocional, sino por la irrupción del Espíritu
Santo en la vida de las personas.
En segundo lugar, otra cosa sucede en Pentecostés: como
fruto de esta efusión y de esta irrupción nace la iglesia,
el cuerpo de Cristo.
El autor de la iglesia es el Espíritu Santo. La verdadera
iglesia no es en realidad el producto de regulaciones o
acuerdos humanos. Viene a la vida, se forma y se desarrolla
sólo en la medida en que proviene de la presencia de Dios y
se origina de la revelación interior de Dios. Uno de los
problemas de nuestro mundo es la falta de comprensión de
este proceso. La iglesia es a veces considerada como algo
que podemos producir, en lo que podemos estar de acuerdo,
"arreglar". Todo
esto es sólo un producto humano. El producto divino tiene
que ver con la naturaleza de Dios, con quién es Dios, con la
estructura interna de Dios; tiene que ver, entonces, con
Dios mismo que se encarga de atravesar nuestro corazón, de
establecerse en el centro de nuestros corazones, para
hacernos partícipes de la naturaleza divina, revelando
también cuál es la naturaleza de la iglesia.
Porque la naturaleza de
la Iglesia está íntimamente ligada a la naturaleza de Dios:
la iglesia representa la naturaleza de Dios.
El fundamento que vemos
puesto en Hechos por el Espíritu Santo: Cristo y el
cuerpo de Cristo.
Pentecostés genera la
relación entre Cristo y la iglesia. ¡Esta revelación es
extraordinaria! El fundamento es Dios mismo, que se traslada
a nuestros corazones. El fundamento no es una teología, sino
que la teología permite explicar este hecho. El fundamento
mismo de la vida de Dios expresado en Cristo y su iglesia
está en el Espíritu Santo que se mueve en nuestros
corazones, y que produce una corriente de la revelación, que
es a veces acompañada de un río de pensamientos, emociones,
sensaciones; experiencias muy fuertes, que pueden traducirse
en manifestaciones, incluso "extrañas", como las de los
apóstoles y discípulos. Porque la energía de esta revelación
es tan fuerte, el río que se ha depositado en nosotros es
tan impetuoso, que se convierte en una cascada que desborda.
Entran en crisis entonces las herramientas del lenguaje
ordinario, las de la mente, de nuestra comunicación
habitual. Y tenemos que hablar de alguna otra manera, tal
vez en otros idiomas, o caer, saltar, temblar,
experimentando el tipo de manifestaciones que se han visto o
de las que se escuchado hablar. Pentecostés es esto: Dios
que visita al hombre, Dios que decide establecer su Reino en
nosotros y a través de nosotros. Y esto es glorioso, es
verdaderamente extraordinario: ¡no hay otra cosa debajo del
cielo que tenga esta belleza extraordinaria, esta fuerza
incomparable! Y
todo comienza en un núcleo muy pequeño, en el núcleo de los
discípulos. Si
se me permite una pequeña referencia autobiográfica,
recuerdo que estábamos en el salón de nuestra casa en el
otoño de 1977. Estábamos reunidos en oración, un grupo de
hermanos y hermanas, algunos pentecostales y otros no, y esa
noche el Señor irrumpió en mi vida y mi esposa. Recuerdo
ahora con gran emoción aquel momento.
Fui establecido como
pastor en el ’68, me convertí en el ’60, pero recién aquella
noche tuve la experiencia del Espíritu Santo.
Fue una experiencia
fuertísima, extraordinaria, que cambió mi vida, no sólo por
la experiencia en sí, por la emoción intensísima y fuerte
que provoca, sino por lo que aquella experiencia significó
en términos de revelación, en términos de “modelo”, en
concreto, de aquello que Dios haría más tarde en medio de
nosotros. Éramos una cosa muy pequeña, diez o quince
personas, pero allí estaba todo el programa de Dios.
Del mismo modo ocurrió el
día de Pentecostés. No eran miles, sólo un pequeño grupo de
hombres visitados por Dios. A partir de ahí estalló el fuego
que incendiaría regiones enteras, países enteros,
continentes enteros. Éramos un círculo, un grupo de
hermanos, amigos, que se conocieron, haciendo la experiencia
de orar en unidad interdenominacional. Un hecho bastante
nuevo para aquellos tiempos: pentecostales y bautistas que
oraban juntos. Y
así como vi a la revelación tomar forma en mi corazón, así
también con el modelo externo, lo que Dios habría de
construir en los años siguientes.
Cuando pienso en el
origen, en el ADN de nuestro movimiento, no puedo dejar de
pensar en aquella noche, en el hecho de que el Espíritu
Santo nos ha visitado.
Y allí, por cómo
estábamos reunidos, se estaba enseñando que Él supera las
denominaciones, que Él quiere que los hermanos estén en
unidad, que las denominaciones son una construcción nuestra,
que el cuerpo de Cristo, la iglesia, es algo que está más
allá… Se estaba enseñando a escucharnos recíprocamente, se
estaba enseñando el diálogo. Qué Él es el Rey y nosotros sus
súbditos, que debemos estar prontos a cambiar…
Estábamos aprendiendo que
teníamos que andar juntos, caminar juntos, a pesar de un
pasado diferente. ¡Distinto pasado, pero un mismo futuro!
El Señor nos ha
enseñado que su propósito no era dejar a todos atados a su
pasado, separados de su hermano, sino que superásemos este
pasado (reconociendo el valor, la riqueza, la validez que se
pueden ver en el del desarrollo de muchos hombres de Dios
que, en siglos anteriores, trataron de ser fieles al Señor).
¡Pero el Señor nos estaba
diciendo que hay más! Y si hay una cosa que me gustaría
tener (a mi edad no es fácil, pero está escrito: "Vuestros
ancianos tendrán sueños...") es la misma apertura y la
disposición que tenía en el 77, la misma disposición de
pisar nuevos territorios y traspasar nuevas fronteras, y
estar disponible en las manos de Dios. Por todo lo que tiene
de nuevo para mí, para su iglesia, para su futuro. Para
continuar bajo la nube, detrás de la columna de humo.
No es fácil sostener las
convicciones a lo largo de los años, y no es fácil continuar
estando realmente disponibles en las manos de Dios. Pero lo
que deseo para mí y para mis hermanos, los que hemos
caminado juntos todos estos años, es este tipo de apertura y
disponibilidad: flexibilidad y sensibilidad en las manos del
Espíritu. Que, así como el Espíritu comenzó a hablar,
inspirar, revelarse, pueda continuar haciéndolo. En la
profunda convicción de que no conocemos todo, sólo una
parte. Que el camino continúa, porque la iglesia es siempre
un camino.
Porque, a pesar de que hemos trabajado en la restauración de
las cosas que nos ha mostrado (Y a veces más en la
revelación que en la práctica, y ahí reside nuestra
debilidad, nuestra incapacidad), el Señor nos advierte de no
estar orgullosos, no pensar que la revelación es nuestra,
porque la revelación es sólo una herramienta que Él nos da
para operar.
Continúa
en Cristo y el cuerpo de
Cristo II
1. Traducido con permiso de
http://www.riconciliazione.org/DettagliMessaggi.asp?NomeSezIstituzionale=Riflessioni&idmessaggio=148
2. El autor se refiere al movimiento desarrollado
básicamente en Italia e identificado con la Iglesia
Evangélica de la Reconcilación.
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