Sobre la paciencia *
por Henri Nouwen

 

ENTRAR ACTIVAMENTE EN EL MEOLLO DE LA VIDA

¿Qué es, entonces, el camino compasivo? El camino compasivo es el camino paciente. La paciencia es la disciplina de la compasión. Esto resulta evidente cuando caemos en la cuenta de que la palabra compasión puede ser leída como com-paciencia. Las palabras pasión y paciencia hunden sus raíces ambas en la palabra latina pati, que significa “sufrir". La vida compasiva podría ser descrita como una vida pacientemente vivida con otros. Si preguntamos, pues, sobre el camino de la vida compasiva – sobre la disciplina de la compasión –, la respuesta es: la paciencia. Si no queremos ser pacientes, no podemos ser compacientes. Si nosotros mismos no somos capaces de sufrir, tampoco podemos sufrir con otros. Si carecemos de entereza para cargar con el peso de nuestras vidas, seremos incapaces de aceptar el peso de los que nos rodean. La paciencia es la dura pero fructífera disciplina del discípulo del Dios compasivo.

De entrada, esto puede sonar a desilusión. Realmente suena a descompromiso. Cada vez que oímos la palabra paciencia tendemos a sobrecogernos. Cuando niños, escuchamos la palabra tan a menudo en situaciones tan variadas que parecía tratarse de la palabra para usar cuando no se sabía ya qué decir. Normalmente significaba esperar y esperar a que papá volviera a casa, que llegara el bus, que el mozo trajera la comida, que terminara el colegio, que pasara el dolor, que parara la lluvia, o que se arreglara el auto. Y así la palabra paciencia llegó a ser asociada a la falta de poder, a la imposibilidad de actuar y a todo tipo de situaciones de pasividad y dependencia. Es, pues, muy comprensible que cuando alguien con autoridad – nuestros padres, el sacerdote, el ministro, el maestro, el patrón – dice "tengan paciencia", frecuentemente nos sentimos disminuidos y ofendidos. A menudo, esto significaba simplemente que no íbamos a ser informados sobre lo que estaba realmente pasando, que íbamos a ser mantenidos en un rango de sirvientes y que lo único que se esperaba de nosotros era que aguardáramos pacientemente hasta que alguien con poder decidiera actuar de nuevo.

Es triste que una palabra tan profunda y rica como paciencia tenga una historia tan pervertida en nuestras mentes. Con semejante historia resulta difícil no considerar la paciencia como una palabra opresora usada por los poderosos para mantener a los débiles bajo control. De hecho, no pocos de los que detentan posiciones verdaderamente influyentes han aconseja-do paciencia simplemente para impedir los cambios que necesitan la Iglesia y la sociedad.

Pero la verdadera paciencia es lo opuesto a la espera pasiva en la que dejamos que las cosas ocurran y que otros tomen las decisiones. La paciencia significa entrar activamente en el meollo de la vida y vérselas de lleno con el sufrimiento dentro de uno mismo y a su alrededor. La paciencia es la capacidad de mirar, escuchar, tocar, saborear y olfatear lo más plenamente posible los acontecimientos internos y externos de nuestras vidas. Es entrar en nuestras vidas con los ojos, los oídos y las manos abiertas, de modo que conozcamos realmente lo que está ocurriendo. La paciencia es una disciplina extremadamente difícil precisamente porque va contra nuestra tendencia irreflexiva a huir o pelear. Cuando vemos un accidente en la carretera, algo en nosotros aprieta el acelerador. Cuando alguien nos trae un problema delicado, algo en nosotros trata de cambiar de tema. Cuando se presenta un recuerdo vergonzoso, algo en nosotros quiere olvidarlo. Y si no podemos huir, peleamos. Peleamos con quien desafía nuestras opiniones, con los que cuestionan nuestro poder y con las circunstancias que nos obligan a cambiar.

La paciencia nos exige ir más allá de la alternativa entre huida y pelea. Representa un tercer camino, mucho más difícil. Reclama una disciplina porque va contra lo medular de nuestros impulsos. La paciencia implica perseverar, vivir, escuchar cuidadosamente lo que se nos presenta aquí y ahora. La paciencia implica parar en la ruta cuando un herido necesita atención inmediata. La paciencia significa superar el miedo a los temas controvertidos. Significa prestar atención a los recuerdos vergonzosos y buscar el perdón sin necesidad de olvidar. Significa dar la bienvenida al criticismo sincero y evaluar las condiciones cambiantes. Brevemente, la paciencia es la voluntad de ser influenciados, aun cuando esto implique perder el control y entrar en terreno desconocido.

Jesús y los autores del Nuevo Testamento tienen mucho que decir sobre esta paciencia activa. La palabra griega que significa paciencia es
hypomone. El hecho de que esta palabra sea traducida en diferentes lugares por diferentes términos castellanos como paciencia, aguante, perseverancia y fortaleza, sugiere ya que estamos ante un concepto bíblico muy rico. Cuando Jesús habla sobre la paciencia, la describe como la disciplina por la que resulta manifiesta la presencia vivificadora de Dios. La paciencia es la cualidad de quienes son tierra fértil en la que la semilla puede producir "su cosecha del ciento por uno”. “Lo que cayó en buena tierra – dice Jesús – son los que, después de haber oído conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y fructifican con perseverancia (hypomone)" (cf. Lc 8, 8, 15).

Resulta evidente que Jesús considera esta paciencia como algo central en las vidas de sus seguidores. “Serán entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de ustedes, y serán odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de su cabeza. Con su perseverancia (
hypomone) salvarán sus almas" (Lc 21, 16-19). Jesús no quiere que sus seguidores peleen o huyan, sino que entren de lleno en el desastre de la vida humana. Llega incluso hasta decirles a sus discípulos que no se preparen para defenderse ante la eventualidad de que sean llevados ante los tribunales. En medio de su sufrimiento oirán la voz de su Señor compasivo que les hará partícipes de su sabiduría. “Los llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre... Propongan, pues, en su corazón no preparar la defensa, porque yo les daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos sus adversarios" (Lc 21, 12-15).

La paciencia activa, fuerte y fructífera de que habla Jesús es alabada de continuo por los apóstoles Pablo, Pedro, Santiago y Juan como la señal del verdadero discípulo. Pablo en especial nos ofrece una profunda intuición sobre el poder de la paciencia. Exhorta a su amigo Timoteo a ser paciente y amable (cf. 1 Tim. 6:11) y escribe a los cristianos de Colosas: "Revístanse, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” (Col 3, 12). No duda en ofrecerse a sí mismo como ejemplo de paciencia (cf. 2 Tim 3, 10) y en ver en la paciencia la fuente de una íntima solidaridad entre él y su gente: "Si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación de ustedes; pues sabemos que, como son solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo serán también en la consolación" (2 Co 1, 6-7). Para Pablo, la paciencia es evidentemente la disciplina de la vida compasiva. En una declaración gloriosa y triunfal escribe a los cristianos de Roma que por medio de la paciencia somos signos del amor del Dios compasivo: "... nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5, 3-5).

Esta convicción de que la presencia del Dios compasivo se hace manifiesta por medio de la paciencia, el aguante, la perseverancia y la fortaleza constituye la principal motivación para la disciplina de la paciencia. Esto está hermosamente expresado por Santiago cuando dice: "... Miren cómo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia (
hypomeinantas). Han oído la paciencia (hypomone) de Job en el sufrimiento y saben el final que el Señor le dio; porque el Señor es compasivo y misericordioso" (St 5, 10-1I). Así pues, el Nuevo Testamento presenta la disciplina de la paciencia como el camino hacia una vida de discipulado que nos convierte en signos de la presencia del Dios compasivo en el mundo.


* Fragmento del libro “La compasión en la vida cotidiana”


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