WILLIAM CAREY
Padre del Movimiento Misionero Moderno

por Keith Bentson

 

CUANDO ENCUENTRE UN LIBRO en castellano acerca de William Carey voy a anunciarlo con trompeta, pues en este hombre encontramos uno de los ejemplos más asombrosos de lo que significa arder con celo a que toda la creación –piedras, plantas, insectos, aves, animales y sobre todo, el ser humano- exuberantemente glorifique al único Dios que existe. Carey era misionero, botanista, educador, lingüista, industrialista, astrónomo, hombre de letras, imprentero, conservacionista, reformador, administrador. Nos abruma ver la lista de logros que realizó en la vida, como también el efecto de su vida y obras aun después de su muerte. De igual forma, nos dejan pasmados sus múltiples luchas y sufrimientos a través de su vida. Por ahora bosquejaremos algunas de sus obras, con una brevedad que no puede comenzar a ilustrar la grandeza del alma de este varón.

Nació William Carey el 17 de agosto del año 1761 en Inglaterra. Fue educado por su padre desde los seis hasta los catorce años. Mientras trabajaba como zapatero se enseñó a sí mismo el latín, hebreo y griego. Se crió en una iglesia bautista, y en tiempos cuando el pueblo de Dios no tenía ninguna visión por la evangelización fuera de sus fronteras; en efecto, toda tendencia de mirar más allá hacia otros pueblos se consideraba un desacierto y un fanatismo. Flotaba en el aire este sentir: “Cuando Dios quiera salvar a los paganos, muy bien podrá hacerlo...”

Partió en barco para una travesía de cinco meses hasta arribar a Calcuta, India, el 11 de noviembre de 1793. Murió el 9 de junio, 1834, después de más de cuarenta años de ministerio y lucha, sin haber vuelto una sola vez a su país de origen.

Como lingüista hay pocos que le han superado: tradujo la Biblia a cinco idiomas; participó cercanamente en la traducción en otros cinco idiomas más, y tradujo porciones bíblicas en otros veintitrés idiomas y dialectos.

Un día, estando fuera de su ciudad, le llegó la mala noticia de que un incendio voraz había consumido completamente el edificio que servía como centro de actividades para los escritos, traducciones e impresiones. Fue un recinto de unos cincuenta metros de largo donde quedaron destruidos manuscritos de diez traducciones de las Escrituras, una traducción clásica de una obra épica india, Ramayana, un diccionario polígloto en sánscrito –su obra magna- , más imprentas, tipos especiales en varios idiomas, papeles oficiales y documentos. Todo una tragedia.

Al volver de su viaje, parado en medio del desastre, con lágrimas en los ojos, exclamó: “En una breve tarde, la labor de años ha quedado consumida. ¡Cuán inescrutables son los caminos de Dios! Últimamente había perfeccionado algunas cosas y miraba lo establecido evidentemente con demasiado auto satisfacción. El Señor me ha postrado con el fin de que le mire sólo a él.”

El fuego no le apagó su espíritu. Con sus colegas resolvieron volver a hacer las traducciones y hacerlas aun más perfeccionadas. Pudieron rescatar cinco de las imprentas y algunas de las matrices. Como consecuencia del incendio se despertó un vivo interés en su obra misionera tanto en Inglaterra y América como en otros países de Europa, y dentro de cincuenta días cristianos de diferentes naciones habían ofrendado dinero para restaurar el ministerio de las traducciones y de la página impresa. Andrew Fuller, un colega de Carey, anunció: “Tenemos que frenar las ofrendas, ¡pues ya se ha reunido más de lo necesario!”

Carey fundó numerosas escuelas, y comenzó a instruir mujeres, que en esos tiempos de la historia del hinduismo en India, era inconcebible. La mujer, por ser mujer, vivía sumida en la degradación. Su valor no era mayor del de un animal o insecto. La única esperanza para la mujer en el hinduismo era que en alguna reencarnación se naciera hombre.

Luchó por la abolición de sati, o sea, la práctica de quemar vivas las viudas. Para otras viudas que no ofrecían sus cuerpos para ser quemadas, les restaba una vida de extrema humillación. Tenían que vivir con la cabeza raspada, no usar adorno alguno y vestirse de blanco con el fin de no ser nada atrayente para otros hombres. Normalmente no se le permitía volver a casarse, pero sí se le requería cohabitar con su cuñado u otro pariente para producir otro hijo, quien a su vez, con el tiempo, ofrecería oblaciones religiosas para el marido difunto -un rito hindú religioso muy importante-. Para Carey fue un día de júbilo en 1829 cuando, después de veinticinco años de agitación, el gobierno declaró el sati tanto ilegal como criminal. Luego, la ley de 1856 decretó por primera vez que era legal que una viuda se volviera casar.

Nuestro misionero luchó también contra el matrimonio de niñas. Aún llegando al último censo del siglo diecinueve en Bengali, se arrojó la cifra de diez mil viudas bajo la edad de cuatro años y más de cincuenta mil viudas de entre los cinco a nueve años. Recién en 1929 se dictó una ley restringiendo el matrimonio de niños. En este como en otras luchas sociales, William Carey había sembrado la poderosa semilla acerca de la naturaleza del hombre y Dios, y los propósitos de éste para la raza humana.

En los días de Carey, en India, la práctica del infanticidio era muy común. Un niño enfermo era considerado estar bajo la influencia de un espíritu. Se lo exponía a la intemperie por tres días, y solo si sobrevivía se le procuraba sanar y salvar. Además, cada invierno niños eran empujados a las aguas del río Hooghly que se unía al océano para ser ahogados o comidos por los cocodrilos, todo con el fin de que las madres recibieran salvación para sus propias almas. Después de que Carey hizo un estudio de estas prácticas, el gobierno decretó ilegales estos sacrificios (aunque la práctica persiste en algunos lugares hasta el día de hoy).

Incursionó nuestro misionero en el estudio de la astronomía para poder corregir la práctica pagana de la astrología. El acudir a los cuerpos celestiales en busca de dirección, para Carey, era una afrenta contra el Creador. El hombre fue creado para gobernar, y las estrellas, sol y luna ayudan en esa tarea. Por ellos podemos determinar los cuatro puntos cardenales del espacio, elaborar el calendario y ordenar el tiempo en días, años y estaciones. La astronomía nos equipa para sujetar a la creación y usarla para nuestro bien, mientras la cultura de la astrología nos sujeta y nos limita, pretendiendo gobernarnos a nosotros.

William Carey no era el primer misionero de las iglesias de aquella época en salir al mundo pagano, pero por sus largos años de servicio, por las numerosas actividades en las que fue pionero, y por el ejemplo de su vida, se le ha honrado con el título del Padre del movimiento misionero moderno.


Adaptado del libro The Legacy of William Carey; A Model for the Tranformation of a Culture. Por Vishal and Ruth Mangalwadi, Crossway Books