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La
Gloria de Jesucristo en la Misión
por Carlos Scott *
Jesus
oró por sus discípulos y dijo:
"…que ellos también estén en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado
la gloria que me diste, para que sean uno,…
Que vean mi gloria, la gloria que me has dado…"
(S. Juan 17.20-24)
La palabra gloria generalmente se la asocia con
esplendor, magnificencia, grandeza, renombre y
reputación. Implica reconocimiento por haber hecho
algo importante o cubrirse de gloria cuando se
consigue fama por una acción determinada.
Vale preguntarnos ¿Qué gloria le dio el Padre a
Jesucristo? ¿Qué tipo de gloria quiere que veamos y
contemplemos? ¿Qué gloria nos quiere dar a nosotros?
¿Qué relación tiene esto con la evangelización,
misión y unidad de su pueblo?
El Evangelio de Juan es un evangelio de sorpresas
donde
“El Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros.
Y hemos contemplado su gloria, la gloria que
corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de
gracia y verdad”
(S. Juan 1.14). Una gran sorpresa fue que
el
mundo no vio su gloria
(S. Juan 1.10). Cuando Jesús anduvo por los caminos
polvorientos de Palestina parece que no caminaba en
el aire o se transportaba en un vehículo último
modelo con un coro de Ángeles. Fue todo lo
contrario: se ensució tanto que parece que otros no
vieron nada excepcional en él. Jesús hizo milagros
pero muchos que lo observaban no vieron nada (S.
Juan 6.30). Para ver a Jesús hacen falta los ojos de
la Fe. Cuando el Verbo se hizo carne, al mundo no le
costo nada ver en Jesús a un hombre, a un ser
humano. El tema clave es darnos cuenta que podemos
ver algo más. A los religiosos y otros, no lograron
ver algo más; a nosotros también nos puede pasar
sino lo vemos con los ojos de la Fe.
Ahora bien, ¿en qué consiste la verdadera gloria?
Juan quiere enseñarnos otro concepto de gloria
totalmente distinto. En nuestro medio por lo general
se suele buscar el beneficio propio o algo para sí
mismo (S. Juan 5.44; 7.18). En el evangelio, el
momento máximo y supremo de gloria es cuando
Jesucristo entrega su vida en la cruz. Mientras
muchos se rinden gloria mutuamente, Jesús se
sacrifica en busca del bien de los demás.
“Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le
sirvan, sino para servir y para dar su vida en
rescate por muchos”
(Marcos 10.45). Esta gloria y servicio de buscar el
bien para los demás esta lleno de gracia y verdad.
Es misericordia y verdad. Se revela como un Dios
fiel y misericordioso en el largo caminar de la
humanidad y de su pueblo.
La gloria que Dios le otorga a Jesucristo tiene una
relación directa con la encarnación. Dios se hizo
hombre en la persona de Jesucristo y Juan nos dice
que hemos contemplado su gloria. Es una
manifestación de servicio y entrega. Se
identificó con los temas y problemas de la gente. Su
modelo implica sacrificarse por los demás y buscar
su bienestar. La encarnación es el modelo para la
misión de la Iglesia (S. Juan 20.21).
Somos desafiados a buscar una gloria diferente.
Es la gloria de aprender a lavarnos los pies unos
con otros (S. Juan 13.12-17). Es la gloria del amor.
“Que
se amen los unos a los otros. Así como yo los he
amado, también ustedes deben amarse los unos a los
otros. De este modo sabrán que son mis discípulos,
si se aman los unos a los otros”
(S. Juan 13.35-35). Es acercarnos primeramente al
centro que es Dios mismo; para luego estar más cerca
unos de otros1
“para que el mundo crea que tú me has enviado”.
Implica escuchar a Dios y escucharnos unos a otros.
Es la gloria de servir a todos, ser pequeños,
humildes, perdonar y recibir perdón, es preguntar:
¿Qué quieres que haga por ti? (Marcos 10.51)
como lo hizo Jesús.
La gloria que el Señor nos muestra y enseña requiere
el máximo sacrificio a costa del abandono, olvido,
traición, maltrato y martirio. La majestad y la
belleza se manifiestan de una manera diferente
(Isaías 52.13-15; 53). No es triunfalismo barato o
números que llamen la atención. Tampoco es mercadeo,
lucha de poder, competencia, status, egoísmo,
control, reconocimiento, aplausos. Es humildad,
amor, misericordia, justicia, verdad en
contraposición con el celo, envidia, enojo, orgullo
y arrogancia. Nos llama a encarnar su vida, seguir
su dirección y obedecer sus principios (Filipenses
2.1-11). Esta muy lejos de ser una gloria para
exaltarnos unos a otros, apelar a las ambiciones
egoístas, ser mejores que otros, con justicia propia
y legalismo. En Jesucristo tenemos el modelo del
amor, servicio, perdón y reconciliación. Solo con
este tipo de gloria podemos llegar a ser uno entre
nosotros e imitar al Dios trino. Necesitamos de la
ayuda del Espíritu Santo.
Jesús ora por los que han de creer por medio del
mensaje de su pueblo para que todos seamos uno y
“así el mundo reconozca que tu me enviaste”
(S. Juan 17.20-23). Nos lleva nuevamente al
principio. Que sepamos ver su gloria caracterizada
por la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo
desde antes de la creación y durante toda la vida de
Jesús. El desea que su pueblo sea lleno de su vida y
amor. Cuando nos unimos a su misión y nos parecemos
a Jesús entonces Dios trino es exaltado y
glorificado porque el objetivo de la misión es
“que
te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a
Jesucristo, a quien tu has enviado”.
Esta es la vida eterna. (S. Juan 17:3). La gloria
que busca Dios esta íntimamente ligada con la
evangelización, la misión y unidad de la Iglesia.
«Hemos sido enviados al mundo para amar, servir,
predicar, enseñar, sanar y liberar»2 y «Cada persona
tiene derecho a oír las Buenas Nuevas»3 . Dios
«no
quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan
al arrepentimiento»
(2 P 3:9).
“Sean
Uno, así como nosotros somos uno”
(S. Juan 17.22)
1. Ejemplificado por el Pastor Edgardo Surenian
en reuniones interdenominacionales
2. Bosch, David Jacobus: Misión En
Transformación: Cambios De Paradigma En La
Teología De La Misión. Grand Rapids, Mich. :
Libros Desafío, 2000, p. 503
3. Misión y Evangelización-Una afirmación ecuménica
(Documento del Consejo Mundial de Iglesias sobre la
misión y la evangelización, ME 10, publicado en
1982)
* Carlos y Alicia Scott
Misión Local y Global (GloCal)
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